Un casero islandés a un inquilino: “haz tus necesidades en un papel y tíralas a fuera”

Èric Lluent / Reykjavík

La historia que nos cuenta Carlos Silvestre, ciudadano con doble nacionalidad peruana y española, de 41 años y que llegó a Islandia en abril 2014, es de las más humillantes que un inquilino pueda llegar a imaginar. A raíz de la difusión de la noticia que ayer publicamos en El Faro de Reykjavík sobre una oferta de alquiler denigrante, Silvestre reconoció las fotos del anuncio y compartió públicamente su experiencia con el arrendador, un islandés que tiene ya muy mala reputación entre la comunidad de extranjeros que viven en Reykjavík. J.E. (iniciales del casero islandés) contactó con Silvestre en otoño de 2015, cuando este último acababa de encontrar trabajo en la capital y se alojaba temporalmente en casa de un amigo.

“Después del verano me instalé en este zulo. El propietario me pidió 110.000 coronas al mes, más un mes de fianza, aunque no me ofrecía contrato. Los gastos iban a parte. Como la cosa está difícil para encontrar piso, acepté. Al principio me dijo que podía usar la cocina y el lavabo del piso de arriba. Pero a las dos semanas, llegué un día de trabajar y me encontré la escalera de acceso bloqueada. Le pregunté que qué pasaba y él me dijo que yo ya no podía acceder al piso de arriba porque ya lo había alquilado”, rememora Silvestre.

Lo más humillante fue cuando Silvestre, que trabaja actualmente en el sector de la hostelería, le preguntó dónde podría cocinar o ir al baño. “Me dijo que hiciera mis necesidades en un papel y las tirara fuera y que para comer aprovechara que trabajaba en un restaurante. Que más adelante ya instalaría cocina y baño. Es muy humillante que alguien te trate así”, explica aún con indignación. Hasta la fecha, este vecino de Reykjavík no había comentado lo sucedido a casi nadie, puesto que le daba vergüenza reconocer un episodio tan sórdido.

Días después de que el propietario lo dejara en un sótano de 22 metros cuadrados sin cocina ni baño (ni privado, ni común), Silvestre tuvo la suerte de encontrar un alquiler digno. No obstante, los problemas no se acabaron aquí, puesto que J.E. no le quería devolver la fianza. Después de dos semanas de discusiones, el propietario acabó devolviéndole 35.000 coronas, siempre según la versión de Silvestre. “Hay que explicar las cosas bien a los que quieren venir a trabajar a Islandia. Sí que hay trabajo pero encontrar un piso en el que vivir es realmente difícil. Hay que tener en cuenta esto”, concluye. Ahora, espera que con la publicación de este caso nadie más vuelva a ser víctima del trato humillante de J.E. y su sótano de la calle Ránargata.

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