[Editorial] Protestas en Islandia: las menos mediáticas, las más efectivas

En el mundo de Yupi de los que creen ciegamente en una Islandia perfecta y de referencia internacional no es menester explicar que el pasado miércoles la policía islandesa se presentó en casa de una familia que había solicitado asilo político para deportarla, niños incluidos. No obstante, en la Islandia real, la que se encuentra entre los paralelos 63 y 67, esto ha sucedido y, además, no es la primera vez. Los agentes cumplían las órdenes del Consejo de Inmigración (UTL) que representa el lado más conservador de la sociedad islandesa y que en los últimos años ha tomado decisiones que han desatado fuertes polémicas.

Se da el caso que la deportación ordenada esta semana era ilegal, como bien apunta el periodista Paul Fontaine, redactor de The Reykjavík Grapevine, que ha seguido el caso con especial atención. Fontaine recuerda en sus artículos que la Ley de Extranjeros dice literalmente que “a un extranjero nacido en Islandia, que ha residido desde entonces permanentemente o de forma continuada en Islandia, no se le puede negar la entrada a Islandia o expulsarlo de Islandia”. Los padres de la familia en cuestión son de Togo, aunque los niños, uno de dos años y el otro de 18 meses, nacieron en Islandia y siempre han vivido en la isla.

La madrugada del miércoles, varios agentes llegaron a la casa de la familia con la intención de trasladarla hasta el aeropuerto de Keflavík. La pareja y los dos niños debían ser introducidos contra su voluntad en un avión rumbo a Italia, país en el que se verían obligados a vivir en la calle. Fue entonces cuando un pequeño grupo de solidaridad, con la significativa participación de dos mujeres que se resistieron pacíficamente a la policía, impidió la deportación, que finalmente ha sido pospuesta (que no anulada).

AQUÍ, EL VÍDEO DE LA ACCIÓN

Ni el intento de deportación ni la protesta de un reducido número de personas han trascendido en la prensa internacional, que tiende a centrarse más en lo espectacular que en denunciar las injusticias que se cometen alrededor del mundo (uno de los pilares del periodismo). Una protesta en Austurvöllur en contra del gobierno islandés parece algo viral, pero que una docena de personas consigan parar la deportación de una familia (la protesta, esta sí, cumplió el objetivo planteado) no tiene tanto glamour digital.

Hay que aplaudir la acción de estas personas, que pudiendo mirar hacia otro lado decidieron jugarse el físico y su reputación para evitar que una familia con menores de edad nacidos en la isla sea empujada sin escrúpulos a la miseria más absoluta. Hay que subrayar la valentía de estas personas, que sin necesidad de la atención mediática internacional, decidieron pasar la noche en vela para salvar a unos vecinos que llevan ya dos años viviendo entre nosotros y que son rechazados por razón de origen.

A menudo, las protestas más efectivas son las menos mediáticas, las que carecen de marketing en los medios. Islandia es el referente internacional de muchos movimientos sociales que creen que las protestas de 2008, 2009 y 2010 sirvieron para cambiar radicalmente el sistema económico y político. Nada más lejos de la realidad. Hay cosas opinables, pero el hecho de que nada ha cambiado en la estructura básica de la organización social, económica y política de Islandia desde 2008 es irrefutable y evidente para cualquiera que viva en el país.

Sorprende que los medios internacionales silencien los buenos resultados de una acción directa como la del pasado miércoles y, en cambio, hayan mitificado durante años unas protestas que, más allá de su auge, hasta la fecha no han conseguido sus principales objetivos. La experiencia del pasado miércoles, y la de tantos pequeños movimientos sociales en nuestros países de origen que luchan a diario para cambiar las realidades más injustas, nos demuestra que para influir políticamente en una sociedad no hace falta llenar una plaza con grandes lemas. En España tenemos muchos referentes de esta realidad: es más efectivo parar un desahucio que rodear el Congreso, hacer una huelga de Sanidad que llenar la plaza cada día para que los que puedan acudir a la cita discutan en asamblea.

No se trata de negar la conveniencia de que los ciudadanos encuentren un foro común para plantear cambios en el sistema, sino de reflexionar sobre cuáles son los referentes que, por su eficacia, deberíamos tener más presentes. No podemos obviar la capacidad de las protestas masivas para cambiar la realidad que nos rodea (aunque en la última década los resultados han sido nefastos en la mayoría de países), pero, a veces, con dos personas valientes, como las que se enfrentaron el pasado miércoles a la policía islandesa, ya basta. Puestos a buscar inspiración en Islandia, que al menos sea la adecuada.

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