Emigrante valiente, emigrante traidor

Èric Lluent / Reykjavík

En un mundo en el que las desigualdades cada vez son más pronunciadas, los movimientos migratorios suponen uno de los grandes retos políticos y sociales de nuestros días. Los autóctonos se dividen entre los que aceptan la llegada de ciudadanos de otros orígenes y los que viven esta realidad con gran preocupación. Fenómenos como el del UKIP en el Reino Unido o el de Donald Trump en Estados Unidos, así como la represión violenta de refugiados de la guerra en Siria por parte de los países de la Unión Europea son el síntoma del creciente rechazo hacia “los que viene de fuera”. “Los otros”, los inmigrantes, los diferentes, son vistos cada vez más como una amenaza, algo que debería preocuparnos especialmente si tenemos en cuenta los referentes históricos en la Europa de la primera mitad del siglo XX y el papel de “los otros” en la propaganda previa a los dos grandes conflictos mundiales. Y aunque ya deberíamos haber aprendido, lo cierto es que los discursos politicos que se centran en la estigmatización del inmigrante tiene rédito electoral asegurado.

Un buen ejemplo de este último punto en la escena política islandesa, fue la campaña electoral del Partido Progresista que en las elecciones municipales de 2014 en Reykjavík consiguió dos representantes a raíz de una estrategia anti islam que le dio muy buenos resultados. De hecho, las encuestas no le auguraban ningún concejal en el ayuntamiento hasta que empezaron a plantear una propuesta para prohibir la construcción de una mezquita que había aprobado el gobierno anterior. Hubo revuelo en los medios, en las redes sociales y en la misma formación política (con varias dimisiones), pero al final los votos avalaron este discurso. Culpar de todos los males a “los otros” suele funcionar y, hasta ahora, no hemos conseguido rebatir unos argumentos que suponen una de las mayores amenazas para la convivencia pacífica en nuestras sociedades.

No obstante, este artículo no lo quiero centrar en la visión o la experiencia de los inmigrantes en, por ejemplo, Islandia, sino en la percepción que tienen nuestras sociedades de origen sobre los emigrantes y cómo esta percepción ha ido cambiando a lo largo de la historia. Teniendo en cuenta que una persona migrante es inmigrante y emigrante a la vez, a menudo olvidamos analizar el fenómeno desde la perspectiva de aquellos que se quedan en el país de origen del que procede el migrante. Para hacer una breve comparativa, con el único objetivo de abrir una vía de reflexión en la que evidentemente se puede y debe profundizar muchísimo más, me serviré de dos movimientos migratorios de raíces similares: la emigración de islandeses durante el último cuarto del siglo XIX y principios del XX a Canadá y Estados Unidos y la emigración de españoles a Islandia desde 2010 hasta la actualidad. Con contextos históricos y sociales muy distintos, estos dos movimientos migratorios surgen de las dificultades económicas del país de origen y de la búsqueda de una vida mejor.

En lo que no coinciden estos dos movimientos migratorios es en la valoración que sus sociedades hacen o hicieron de ellos. En el caso de España en la actualidad, se habla a menudo de los emigrantes españoles con orgullo y siempre desde una posición de apoyo. La valentía, el espíritu aventurero, las ganas de encontrar una solución a la cuestión económica o el éxito de ganarse la vida en el extranjero son aspectos positivos que se ponen de relieve en la percepción que los españoles tienen de los conciudadanos que han decido abandonar el país en los últimos años. También existe la percepción de que se van los mejores, los más preparados, los que tienen más posibilidades de éxito, aquellos que se merecen algo mejor. No es mi intención validar o no estas opiniones, sino exponer esta tan valoración generalizada que, además, ofrece un apoyo moral a un acto tan trascendental como iniciar una nueva vida en un país desconocido. Las críticas al que parte son casi inexistentes y la crítica negativa recae, en los argumentos expuestos públicamente, sobre el Estado o el sistema económico (o ambos) que impiden que toda una generación se pueda desarrollar siguiendo las metas y expectativas de sus progenitores.

Esta visión positiva de los españoles que después de la Gran Recesión del siglo XXI dejan su país de origen, contrasta con la percepción que tenían los islandeses de finales del siglo XIX y principios del XX sobre las amigos y familiares que partían hacia el oeste para establecerse en las prometedoras y fértiles tierras de Canadá y el norte de la costa este de Estados Unidos. “La opinión que prevalecía, al menos en las élites políticas e intelectuales, era que aquellos que se habían ido habían traicionado a su patria”, explica Guðni Thorlacius Jóhannesson en The History of Iceland (Greenwood, 2013), historiador y actual presidente de Islandia. La conclusión de Guðni se basa en trabajos más extensos como, por ejemplo, el publicado por Guðjón Arngrímsson con su libro Nyja Ísland (Turnstone Press, 1997). “Los islandeses que se quedaron, obviamente, sentían un gran resentimiento hacia aquellos que habían abandonado el país. El feroz orgullo local de los islandeses supuso que no reaccionaran bien a la noción de que hubieran lugares muchísimo mejores que Islandia para vivir y que sus vecinos hubieran partido”, analiza Guðjón en su obra.

El hecho de que entre los islandeses que se quedaron en la isla cundiera la opinión de que los que se habían ido eran unos traidores es una interesante puerta de entrada para empezar a entender una sociedad que por aquel entonces estaba orgullosa de su aislamiento y que vivía un proceso de creación de una identidad nacional que se convirtió en una de las bases del movimiento político mayoritario de la época centrado en la emancipación política de Islandia, que aún estaba bajo el control de la autoridades danesas. En próximas artículos con tintes históricos, desde El Faro de Reykjavík analizaremos episodios como el que ahora apuntamos de pasada, pero creemos que, como migrantes que somos, es interesante que reflexionemos sobre las distintas percepciones que ha habido en contextos similares sobre la figura del emigrante, que habitualmente queda eclipsada por la figura del inmigrante, que acostumbra a despertar pasiones mucho más bajas y a encender debates electorales alrededor de todo el planeta.

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