Las dos Islandias y su relación con el mundo

Eric Torrell / Höfn

Siempre que buscamos Islandia en el mapamundi, la encontramos ahí arriba, solitaria, como aislada del mundo globalizado de hoy día. Ese aislamiento geográfico puede que haya influido e influya, a la vez que permita explicar, la vida cotidiana y, especialmente, la escena política de este pequeño país.

Durante esta pasada campaña electoral, el debate de la relación de Islandia con el resto del mundo ha vuelto a aparecer como un mantra dentro del imaginario colectivo islandés. ¿Debería Islandia formar parte o no de la UE? ¿Debería buscar otras alianzas bilaterales o multilaterales? ¿Hasta cuándo puede durar una Islandia políticamente aislada?

Para poder dirigir este amplísimo debate, intentaremos filtrarlo a través de una simple, a la vez que compleja, pregunta: ¿Debería Islandia renunciar a parte de su soberanía para poder formar parte de un acuerdo bilateral o multilateral que le ofreciera amparo económico, político y social?

Según la literatura clásica especializada del ámbito de la relaciones internacionales, se afirma que los estados más pequeños necesitan algún tipo de amparo exterior para poder prosperar y ser económica y políticamente viables. En el caso de Islandia, ya en el siglo IX (y hasta el siglo XIV) el mismo Alþing (el Parlamento islandés) buscó esa relación con la corona de Noruega, y más tarde con el Reino de Dinamarca. De esta manera se aseguró acceso a un mercado exterior estable que permitía a los pobladores islandeses poder subsistir con las actividades económicas domésticas (limitadas).

Estos mismos autores defienden que los pequeños estados están, a priori, “mejor preparados” para poder afrontar las consecuencias negativas derivadas una sociedad globalizada como la actual. La flexibilidad económica doméstica y la estabilidad política derivada del consenso entre todos los actores, permiten tomar decisiones que faciliten al estado adaptarse y ser, así, viable. A este modelo se le llama, académicamente, corporativismo democrático. Un sistema político adaptado por la socialdemocracia escandinava de los años 90 que, realzado por un extenso consenso doméstico, crea las condiciones para estos logros y construye una fuerte política de vínculos entre los defensores de la eficiencia y los de la igualdad, consiguiendo así restringir el ejercicio unilateral del poder.

Pero la crisis económica del 2008 en Islandia es la excepción de la regla. La apertura económica neoliberal proporcionó nuevas oportunidades, tal y como se aprecia con el rápido crecimiento económico y social desde los años 90. Es cierto que los pequeños estados pueden ser los primeros a recuperarse de las crisis debido a sus pequeñas burocracias, lo cual les permite mejorar más rápido para adaptarse internamente a las nuevas circunstancias externas. Pero el crecimiento repentino y la no supervisión gubernamental, crearon en Islandia un clima individualista y una expansión agresiva, sin ningún tipo de regulación o límite. De hecho, gracias a este contexto, el sistema financiero islandés (el 85% del cual lo dominaban tres bancos) llegó a ser once veces el Producto Interior Bruto del país. Lo que pasó después, ya es historia.

Pero, ¿cómo es que Islandia no forma parte de la Unión Europea, después de la crisis del 2008?

La respuesta es corporativismo sectorial. O en otros términos, un corporativismo diferente al presentado anteriormente, y que surgió cuando los grupos de intereses (lobbies) agrarios ganaron acceso privilegiado a los gobiernos europeos. Los países caracterizados por el corporativismo sectorial, donde más se toma nota de los intereses de ciertos grupos de presión específicos que de otros en las decisiones gubernamentales, son más propensos a adoptar una toma de decisiones en la cual se hace difícil diferenciar dónde termina el poder de los grupos de interés del sector agrícola y pesquero, en el caso islandés, y dónde empieza el poder legislativo del gobierno.

A partir de aquí hay que tener en cuenta dos aspectos para entender este entramado: el peso de la industria pesquera en el total de la economía islandesa, y, como ya se explicó anteriormente en un artículo publicado esta revista, que el voto de las zonas rurales con baja densidad de población tiene más peso electoral que el del área de la capital. En este sentido, parece obvio que “cualquier propuesta o decisión política que venga impuesta desde fuera y no se pueda decidir desde aquí para los de aquí” no tendrá mucho apoyo en estas zonas. No es únicamente una cuestión de soberanía, como se puede interpretar, por ejemplo, en el bando islandés durante las conocidas como Guerras del Bacalao, sino que también existe un patriotismo que parece estar legitimado por un cierto caciquismo en algunas de estas zonas.

Por otro lado, si bien parece lógico y legítimo entender los argumentos que refuerzan la soberanía islandesa frente a leyes que vienen, por ejemplo, desde Bruselas, muchos islandeses aún tienen las consecuencias del 2008 muy presentes y ven en esta colaboración una vía para encontrar la estabilidad que necesita el país. Desde otros sectores, en cambio, se afirma que la introducción del euro dañaría aún más la economía islandesa, a lo que sumándole la devaluación de la corona islandesa y el posible fin de la burbuja turística, se estarían estableciendo las bases para que una crisis económica, política y social volviera a sacudir la sociedad islandesa. Este debate genera dudas y miedo. Unas dudas y miedos que pueden explicar, una vez más, la victoria en las urnas del Partido de la Independencia en las elecciones del 29 de octubre. Un partido que, si llega otra vez al gobierno, trabajará para levantar los controles de capital y para mantener la buena relación con la Unión Europea, el Reino Unido, Estados Unidos o China, pero siempre evitando establecer relaciones internacionales que acoten la soberanía del país.

En Islandia, desde hace muchas décadas, uno de los mayores ejes de debate político es el que gira en torno a las posiciones de apoyo a una Islandia internacionalista y las que trabajan para mantener cierto nivel de aislamiento del país.  Mantener o ceder soberanía. Abrir la puerta a una mayor influencia del resto de naciones o salvaguardar la Islandia tradicional hasta donde se pueda. Estas son las dos Islandias que debaten el futuro de la sociedad islandesa basando sus argumentos en las relaciones que el país debe establecer con el exterior. Una vieja discusión que sigue muy presente en la Islandia del siglo XXI y que es una de las claves para entender el panorama político en esta isla del Atlántico Norte.

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