[29O] El laberinto postelectoral en Islandia

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Èric Lluent / Reykjavík

Fotografía: Èric Lluent

La aparición de nuevas formaciones políticas que cuestionan las actuales reglas del juego democrático o su funcionamiento práctico (corrupción, falta de transparencia, defensa de los intereses de una minoría), un proceso que se ha desarrollado a lo largo y ancho de Europa en la segunda década del siglo XXI a raíz del colapso financiero y de la crisis de confianza con las organizaciones políticas tradicionales, ha generado una situación inédita en el sistema parlamentario islandés. En las pasadas elecciones del 29 de octubre, hasta siete formaciones consiguieron representación en la cámara legislativa, cifra de partidos a la cual nunca se había llegado en los 72 años de existencia de la República de Islandia. La fragmentación del parlamento y el hecho de que tres de las siete organizaciones no existieran cinco años atrás, ha resultado en un panorama postelectoral sin precedentes en el que las vías de resolución para la formación de gobierno están más abiertas que nunca.

Esta pasada semana el presidente de la República, Guðni Thorlacius Jóhannesson, encargó la formación del nuevo gobierno al líder del Partido de la Independencia, Bjarni Benediktsson, que ganó las elecciones consiguiendo 21 escaños de los 63 que tiene el parlamento islandés, once más que las formaciones que quedaron en segunda y tercera posición, el Movimiento de Izquierda Verde y el Partido Pirata. Desde que se conocieron los resultados, la gran pregunta en Islandia es qué coalición va a conseguir sumar una mayoría estable para gobernar el país. La mayoría del parlamento se sitúa en los 32 diputados, por la cual, como mínimo, tres de las siete formaciones deberán ponerse de acuerdo para impulsar un nuevo ejecutivo.

Desde la dimisión del primer ministro Geir Haarde (Partido de la Independencia) a principios de 2009 y de la convocatoria de elecciones anticipadas en abril de ese mismo año, cuatro han sido los partidos políticos de nueva creación que han conseguido representación parlamentaria. La novedad en las elecciones de 2009 fue la llegada del Movimiento de los Ciudadanos, una organización fundada a raíz de las protestas que se iniciaron en octubre de 2008 y que consiguió cuatro escaños, en un parlamento con mayoría del centro izquierda de la Alianza Socialdemócrata y el Movimiento de Izquierda Verde, que por primera vez gobernaron juntos el país. Birgitta Jónsdóttir, actual líder del Partido Pirata, formaba parte de este partido, que después se disolvió, cambiando de nombre y quedándose en Movimiento, para finalmente desaparecer, mientras Jónsdóttir organizaba a los piratas. Esta desintegración del partido nacido en las protestas que inicialmente buscaba la regeneración política del país es una de las historias más silenciadas del proceso revolucionario islandés posterior al colapso financiero, mereciendo un análisis más detallado que presentaremos en El Faro de Reykjavík más adelante.

En las elecciones del mes de abril de 2013, las novedades llegaron de la mano del Partido Pirata, con tres escaños, y el Futuro Brillante, un partido de centro liberal que se presentó como la herencia del Mejor Partido, la broma que llevó al actor cómico Jón Gnarr a ser alcalde de Reykjavík, quien se proclama habitualmente en la prensa como un político anarquista, a pesar de haber formado parte de un partido de centro, con especial interés en la transparencia y la participación ciudadana. Si nos fijamos en los resultados de las pasadas elecciones del 29 de octubre, a estos dos partidos, que también consiguieron representación (con un impulso histórico de los piratas que pasó de tres a diez escaños y con un leve descenso del Futuro Brillante que pasó de seis a cuatro escaños), se le tiene que sumar el Partido Reformista (Viðreisn, en islandés), un partido de centro derecha liberal formado este mismo año y que ha sumado siete diputados, lo que lo ha convertido de la noche a la mañana en uno de los actores centrales (y nunca mejor dicho) del escenario postelectoral actual.

Aunque Bjarni Benediktsson es el encargado de formar gobierno, todos los focos están centrados en el papel del Partido Reformista. La razón principal es que este partido ha descartado absolutamente una coalición continuista con su apoyo, es decir, mantener en el gobierno la actual coalición de centro derecha del Partido de la Independencia y el Partido Progresista con la suma del Partido Reformista. Esta coalición a tres sumaría 36 diputados pero Benedikt Jóhannesson, el líder reformista, se niega en rotundo a aceptar esta opción. Las intenciones de Jóhannesson son bien distintas. Considera que su misión es acercar a dos formaciones antagónicas pero que fueron las grandes vencedoras de las pasadas elecciones: el Movimiento de Izquierda Verde y el Partido de la Independencia. En esta posible coalición, que con el apoyo del Partido Reformista sumaría 38 escaños, no tendría un papel destacado el Partido Pirata, puesto que durante la campaña dejó claro que jamás entraría a gobernar con ninguno de los dos partidos de la coalición que ha gobernado el país en el periodo 2013 – 2016. Aunque la combinación puede parecer rocambolesca, no hay que olvidar que antes del colapso, también en un momento de fuerte crecimiento económico (2007), los dos primeros partidos en las urnas se juntaron para formar gobierno aún partiendo de bases ideológicas muy distintas. Hablamos del gobierno que formaron el Partido de la Independencia de Geir Haarde con la Alianza Socialdemócrata y que, entre los dos, sumaba 43 diputados (25 y 18, respectivamente).

Es menester analizar el pacto de entonces para entender sobre qué base política podría llegarse a un gobierno formado por el Partido de la Independencia, el Movimiento de Izquierda Verde y el Partido Reformista (quizás también con el beneplácito del Futuro Brillante). En la declaración oficial de presentación del nuevo gobierno realizada el 23 de mayo de 2007 en Thingvellir, la coalición formada por un partido de derechas y otro de centro izquierda anunciaba su acuerdo con la siguiente fórmula: “Estos dos partidos están comprometidos a formar un gobierno liberal reformista para dinamizar la economía, fortalecer el sistema del bienestar, mejorar las finanzas familiares e incrementar la competitividad de los negocios”. La defensa de los derechos humanos o la armonía con el medioambiente también se presentaban como líneas generales de un plan gobierno que a priori parecería apto para cualquier formación política islandesa, pues anunciaba un sucesión de buenas intenciones en las que la prioridad tanto de la derecha como de la izquierda era asegurar el futuro económico del país. Como sabemos ahora, no lo consiguieron, pero es de especial interés tomar el paralelismo del pacto de 2007 con la situación actual, en la que la estabilidad económica y los importantes retos que debe afrontar Islandia en la próxima legislatura (la prometida reducción de los controles de capital, el fortalecimiento excesivo de la corona islandesa, la deuda nacional y las burbujas en distintos sectores de la economía) parecen unir a formaciones de todos los colores.

Con este precedente, no sería de extrañar que finalmente el Partido Reformista consiguiera su objetivo y convenciera a dos partidos que son poco afines ideológicamente aunque tiene puntos en común que bien podrían explotar, como la negativa rotunda a establecer conversaciones con la Unión Europea para formar parte de ella o el apoyo incondicional a la corona islandesa, en contra de los que, como el Partido Reformista o la Alianza Socialdemócrata, creen que sería mejor adoptar el euro. No obstante, si las negociaciones lideradas por Bjarni Benediktsson no dieran fruto en las próximas semanas (existen otras combinaciones, como la posibilidad de que el Partido de la Independencia sume al Partido Reformista y al Futuro Brillante, con una mayoría muy ajustada de 32 diputados, o que la Alianza Socialdemócrata y el Partido Progresista se unieran al Partido de la Independencia, también sumando 32 diputados), el presidente de la República procedería al encargo del gobierno a otra formación, previsiblemente al Movimiento de Izquierda Verde. Llegados a este escenario, poco probable pero que no se debe descartar, la posibilidad de formar una coalición de cinco partidos, dejando fuera al Partido de la Independencia y al Partido Progresista, tomaría fuerza. De hecho, esta es la solución que apoyan los piratas, incluso ofreciéndose a quedarse fuera del gobierno sin tener ningún ministerio.

Si esta segunda tentativa, que necesitaría del apoyo de las tres nuevas formaciones surgidas desde 2008 más las dos del centro izquierda tradicional, no diera resultados, la opción de la nuevas elecciones en Islandia debería empezar a valorarse, aunque si tenemos en cuenta los precedentes, este es un escenario poco plausible. Si algo caracteriza a las formaciones políticas islandesas en la actualidad es que son flexibles y que la sociedad, en general, no penaliza la adaptación de los programas electorales a la necesidad de encontrar consensos para la formación de un gobierno estable. Más allá de las batallas ideológicas, ahora en Islandia existe un objetivo común: que la economía siga como hasta ahora, que la corona continúe fuerte y que la isla siga viviendo su segunda época dorada de este siglo. Los peligros que amenazan la estabilidad del país parecen evidentes y también será el momento de mostrar a los ciudadanos y al mundo qué se aprendió de la nefasta experiencia de 2008. Teniendo en cuenta el contexto actual y los precedentes, parece acertado asegurar que, aunque entretenido informativamente, lo decisivo no será la formación del gobierno (que de una forma u otra, será muy plural ideológicamente) sino la acción legislativa y ejecutiva que se lleve a cabo en los próximos meses. Hay siete formaciones que buscan una salida al laberinto postelectoral islandés. En las próximas semanas veremos cuáles son las que se encuentran al final de este enrevesado camino, pero entonces tocará ser precavidos y no sacar conclusiones ante un gobierno que, sí o sí, será inédito y que deberá someterse a un escrutinio exhaustivo dados los importantes retos de debe afrontar la nación en esta legislatura.

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