La Islandia de la crónica negra

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Carol Álvarez, periodista y creadora de ‘Noir del Norte’ / Reykjavík

Fotografía: Bryan Pocius

La novela negra islandesa tiene una peculiaridad muy arraigada en la historia del país, y es que cuenta investigaciones de crímenes pero no recurre en la trama a asesinos en serie. La explicación que dan los novelistas es simple: no hay tradición de asesinatos en serie en Islandia y, de hecho, hay hasta años que se cierran con una actividad delictiva cero en homicidios. La autora Hildur Sif Thorarensen, islandesa que reside en Oslo, decidió ubicar la trama de su última novela ‘Einfari’ (‘Solitario’) en las calles de la ciudad noruega precisamente porque le pareció más verosímil que su protagonista, un forense exiliado que regresa a la ciudad para atender a su madre enferma, se viera involucrado en una investigación criminal sobre un serial killer en este país nórdico que en la Islandia que ella conoce mejor.

Pero todos y cada uno de los novelistas ‘noir’ islandeses saben que el país sí vivió bajo el acecho de un asesino en serie, eso sí, hace 400 años. Aunque no aluden directamente a él, los libros de historia recogen el caso. Se trata de Axlar-Björn Petursson, que fue ejecutado por sus crímenes en 1596. Su campo de operaciones era la península de Snaefellness, donde tenía ubicada su granja, Öxl, que aún mantiene en pie sus muros. Es más: hoy el entorno se ha convertido en un centro de relajación, donde se practica yoga, meditación y se trabaja en la sostenibilidad y la vida tranquila rural como alternativa a la industrialización. Cuando Axlar-Björn Petursson fue detenido, confesó haber matado a nueve personas, aunque se le pudieron atribuir 19 víctimas, todos ellos granjeros o viajeros que pasaban por sus tierras y a los que atraía con engaños para robarles y luego acabar con su vida con un hacha. Su mujer fue considerada cómplice de los crímenes.  El lugar donde fue ejecutado, Laugarbrekkuþing, está en la misma península y merece una visita por el espectacular paisaje que lo rodea.

Otro criminal que llevó su conducta a la historia negra de Islandia es Fjalla-Eyuindur, ya en el siglo XVIII. Forajido cuya vida ha sido llevada al cine sueco bajo el título ‘El forajido y su esposa’, sus hazañas, sobre todo tras huir a las montañas donde vivió escondido durante 20 años, han llevado su nombre a una fuente termal natural, Eyvindarhver, en el parque natural de Hveravellir. Lo suyo era robar, aunque la violencia añadida le dio fama y lo convirtió en un personaje popular de canciones y sagas.

El primer crimen unido a la historia de la isla ya se remonta a su fundación: cuando llegó a tierra firme Ingolfur Arnason, procedente de Noruega y primer islandés asentado en el país, su hermanastro fue asesinado por esclavos. Cuentan los historiadores que Ingolfur persiguió a los asesinos y los halló escondidos en las islas Vestmannaeyjar (Islas de los Hombres de Oeste”, traducido al castellano) donde los ejecutó. El hecho de que los esclavos procedieran de Irlanda, las Tierras del Oeste para los noruegos de aquel entonces, definió el nombre de este lugar que aún hoy en día se lo conoce por el nombre que se le dio después de este episodio luctuoso.

También se ha de retrotraer uno en el tiempo para hallar otro acontecimiento negro de la historia del país: su primer y único asesinato en masa. Fue en octubre de 1615, y en los hechos fallecieron 30 marineros vascos que habían recalado en Islandia con la idea de pasar el invierno después de que su barco naufragara en los fiordos del oeste. La tripulación se dispersó por Ísafjarðardjúp, entre la isla de Aeday y  Fjallaskagi en la misma zona. Y allí fueron asesinados uno a uno en un contexto de gran resentimiento por la lucha de los balleneros por las ganancias del mar. El año pasado se erigió precisamente un monumento conmemorativo de la matanza en Hólmavík.

Pero si hay un lugar que preserva la memoria de la crónica negra del país es el antiguo cementerio de Reykjavík, el de Hólavallagarður. Fue el primero en erigirse en la ciudad, y conserva entre sus tumbas la fosa común donde se enterraron los centenares de muertos por la llamada gripe española en 1919. Teniendo en cuenta que entonces apenas vivían 15.000 personas en la ciudad, que 10.000 fueran infectadas y murieran casi 300 da idea de la gravedad de la epidemia.

En el cementerio también se conservan los restos de Steinumm Sveinsdottir, la última islandesa que fue condenada a muerte en el país. Fue castigada junto a su amante, Bjarni Bjarnason, por el asesinato de sus respectivos cónyuges en 1802. Bjarnason pudo ser ajusticiado pero en el extranjero, porque por aquel entonces ya no quedaban verdugos en el país y tuvo que ser trasladado para cumplir la sentencia. Steinumm murió presa en Islandia, y sus restos descansaron en una tumba anónima hasta 2012, cuando sus descendientes lograron que una placa señale donde fue enterrada.

Entre 2000 y 2014 han muerto de forma violenta 26 personas en el país, nueve de ellas mujeres víctima de la violencia doméstica, según el Global Study on Homicide de las Naciones Unidas.

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