Erasmus sin alojamiento en Islandia: de clase a la tienda de campaña

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Victor Navarro / Reykjavík

“Debido al limitado número de viviendas, todos los nuevos estudiantes de la Háskóli Íslands deben realizar la solicitud de vivienda en Studentagardar el 1 de junio a partir de las 00.00, se adjudicarán los apartamentos por orden de solicitud registrada”. Este fue el mensaje que la oficina de vivienda de la Universidad de Islandia publicó a mediados de Mayo de 2016. Mi mayor error fue no tener en cuenta la zona horaria en la que me encontraba. Hice mi solicitud el 1 de junio a las 00.01 hora española, cuando en Islandia aún eran las 22:00 del día anterior. Debido a este malentendido, tuve que repetir la solicitud ocho días después y al entrar finalmente en la lista de espera me tocó ser el número 290. No me concederían una habitación en la residencia de estudiantes hasta el 16 de diciembre de 2016. 

Me faltaban dos meses para mudarme a Islandia y empezar mi intercambio Erasmus, así que no me alteré demasiado, tenía tiempo para encontrar algo. Pero conforme iban pasando los días y las semanas, me iba poniendo más nervioso. Consulté todas las páginas de alquiler de habitaciones, mi profesora de islandés en Barcelona intentó ayudarme contactando con amigos suyos en la isla, escribí decenas de mensajes a islandeses, intentando encontrar una habitación a toda costa. Pero no la encontré. Los precios de algunas habitaciones disponibles eran desorbitados, y como estudiante y desempleado no podía permitírmelo. Para pagar un sólo mes en una habitación individual debería gastarme la mitad de mi beca Erasmus de 1.700€. Faltaban dos días para volar a la isla y aún no había conseguido un lugar en el que vivir. 

Las opciones no eran muchas, ya que pagar una habitación en un hostal durante un mes equivalía a pagar el precio de aquella habitación individual, y no podía permitírmelo. Viéndome entre la espada y la pared, ya imaginándome viviendo debajo de un puente, intenté una solución a la desesperada. Publiqué un anuncio en la página de Facebook Exchange students at Uni. Iceland, explicando que no tenía casa y proponiendo que si alguien más se encontraba en la misma situación que yo podríamos crear un pequeño grupo de homeless students y acampar en el Reykjavík Campsite hasta que encontrásemos un lugar en el que vivir todo el curso. Sorprendentemente, el post recibió muchas respuestas, y acabamos creando un chat con 18 estudiantes de intercambio listos para empezar una nueva vida en Islandia en una tienda de campaña.

Llegué al aeropuerto de Keflavík el 21 de agosto y me dirigí directamente hacia el camping. Poco a poco durante los primeros días empezaron a llegar los demás miembros del chat. Canadá, EEUU, Bélgica, Inglaterra, Noruega, Dinamarca, Países Bajos, España, Italia, Eslovenia, Francia. La nacionalidad no importaba, ya que lo que nos unió desde el primer momento fue el hecho de ser estudiantes de intercambio con poco presupuesto y ninguno de nosotros tenía una habitación a precio asequible en la que vivir. Todos coincidimos en que habíamos aterrizado en el país más caro del mundo.

Afortunadamente, tras publicar un anuncio explicando mi situación en el grupo de Facebook “Españoles en Islandia”, conseguí un cuarto a buen precio en el que podía quedarme durante un mes mientras encontraba algo definitivo. A pesar de ser yo quien creó y organizó la acampada, dormí sólo una noche en la tienda. Fui el primero en irme. Pero no todo el mundo tuvo la misma suerte. Continué pasando los últimos días de verano en el camping con este grupo de estudiantes sin hogar que acabamos por llamar “Camping family”.

Los primeros días en la isla fueron memorables. Desayunábamos, cenábamos y dormíamos en grupo y poco a poco fuimos descubriendo juntos la ciudad. Hicimos autoestop, empezamos a ver la isla más allá de Reykjavík y a experimentar la naturaleza islandesa. Todo parecía marchar bien a pesar de no tener techo. Sin embargo, una semana después, empezaron las clases en la Universidad, y la situación empezó a complicarse. Ir a clase y vivir en una tienda de campaña no fue nada fácil para algunos de los miembros del grupo. Agosto se acabó, y las noches empezaron a ser más frías en setiembre. Algunos llegaban a clase con ojeras y se dormían en las mesas. La situación se volvió insostenible para las tres personas que todavía vivían en el camping a mediados de mes. La mayoría ya había encontrado habitación tras una búsqueda intensiva, pero tres personas no lo lograron hasta finales de setiembre, justo antes de que el camping cerrara sus puertas por final de temporada.

Fuimos varias veces a la oficina de Studentagardar, pero nos dijeron que lamentablemente no podían ayudarnos, había una larguísima lista de espera, pocas habitaciones disponibles, y más de 1.000 estudiantes esperando recibir alojamiento. Las últimas dos personas que quedaron en el camping finalmente consiguieron una habitación cerca de la universidad, compartiendo una sola habitación con dos camas pagando 65.000 coronas (538€) al mes cada uno y compartiendo casa con cuatro personas más. Yo también encontré vivienda: un piso diminuto con un sólo dormitorio, compartiendo con otro chico norteamericano. Cada mes le tocaba a uno dormir en el sofá y el otro se quedaba en el dormitorio. Cada uno pagábamos 70.000 coronas (580€).

A finales de diciembre, más de la mitad del grupo volvió a sus países de origen y unos pocos nos quedamos en Islandia. Sin embargo, aquella situación desesperada que nos unió en un principio se convirtió en una amistad que no entendía de fronteras. Un país con un serio problema de escasez de vivienda que no puede ofrecer suficiente alojamiento a sus estudiantes de intercambio fue la razón que nos llevó a encontrarnos, un grupo de estudiantes sin hogar llamado “Camping family”. Esta historia tuvo un final feliz, a pesar de los alquileres de habitaciones desorbitados, pero esperamos que los futuros estudiantes que lleguen a Islandia no tengan que pasar por semejante situación de angustia e impotencia. Ya es suficientemente difícil adaptarse a un nuevo país y estudiar una carrera en un idioma que no es el tuyo como para tener que estudiar, comer y dormir en una tienda de campaña en una isla del Atlántico Norte.

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