Islandia sí rescató a la banca

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Èric Lluent, periodista (Barcelona, 1986)

El texto que se publica a continuación formaba parte de un libro inédito que finalmente no ha visto la luz. Debido al interés que suscita esta cuestión y los mitos que se han generado en torno a ella, el autor desea compartir este trabajo de años de forma altruista.

“La solución de Islandia para salir de la crisis: ni un céntimo para los bancos”, “Islandia rechaza en referéndum pagar por los errores de sus bancos” o “Islandia camina hacia el 2% de paro tras dejar caer a sus bancos” son algunos de los titulares que desde 2008 se han difundido en los medios de comunicación españoles y que han determinado de forma decisiva la opinión de una audiencia muy diversa que busca algún referente al que aferrarse en tiempos social, política y económicamente convulsos. Uno de los aspectos más curiosos del mito islandés es que tanto la prensa de derechas como la más cercana al centro político, así como las plataformas de información alternativa de izquierdas, los medios internacionales e incluso autores independientes, han reproducido al unísono la misma historia. De todos los mitos generados, en un contexto de devastación económica generalizada, ha habido un punto de la narración que ha calado especialmente en la audiencia internacional: Islandia, a diferencia del resto de países que afrontaron graves turbulencias en su sector financiero, no rescató a sus bancos.

Este mito cuenta que, en contra de las directrices del Fondo Monetario Internacional, Islandia dejó caer a sus bancos sin destinar ni una sola corona del erario público al rescate del sistema financiero local. A raíz de estas afirmaciones, Islandia es concebida en el extranjero como una alternativa viable a las medidas que los gobiernos de países como Irlanda, España o Grecia aprobaron, bajo la durísima presión de instituciones supranacionales, para intentar solventar los problemas de sus entidades financieras. Este mito es central en el discurso que ha viralizado en las redes sociales el concepto “Islandia”, un significante que ha mutado de significado y que se asocia a un ente revolucionario y silenciado en los mass media del que uno debe convertirse en adepto acrítico si aspira a cambiar el mundo. La esfera digital y el calor de las protestas del 15-M ayudaron a forjar este mito, cuya incesante repetición ha hecho que muchos ciudadanos hayan incorporado en su narrativa política sobre lo sucedido en los últimos años en Europa la idea de que en Islandia el sistema financiero se dejó caer sin más y que, precisamente, esa fue la base del crecimiento económico posterior.

A pesar de la infinidad de fuentes que en los últimos diez años han impulsado este mito (ya sean medios de comunicación, memes, libros o activistas), es justo poner el foco en la cobertura mediática realizada por Bloomberg para entender la difusión del mito en la audiencia española, puesto que sus contenidos se han viralizado a menudo mediante las traducciones que ha publicado durante años El País, un medio que hasta hace no mucho era la cabecera de referencia en España. Esta gran agencia internacional de noticias económicas fue creada por Michael Bloomberg, ex alcalde de New York y magnate que ostenta la octava mayor fortuna del planeta (según Forbes 2016), y tiene una capacidad de influencia notable en la actualidad económica mundial. Desde 2013, coincidiendo con la victoria en las urnas del Partido de la Independencia y el Partido Progresista (coalición tradicional de centroderecha) y con la llegada de un nuevo periodista a la redacción de Bloomberg en Islandia, Omar Valdimarsson, la agencia empezó a publicar noticias que reforzaban la idea de una Islandia rebelde a la vez que alababa la acción del nuevo gobierno liderado por Sigmundur Davíð Gunnlaugsson. El ejemplo más claro de esta curiosa narrativa (curiosa por pretender ofrecer una versión con tintes revolucionarios sin renunciar al apoyo implícito a una coalición de gobierno que tuvo un papel relevante en la creación de la burbuja financiera) es el artículo publicado el 27 de enero de 2014 Let Banks Fail Is Iceland Mantra as 2% Joblessness in Sight, traducido al castellano y publicado en El País con el titular mencionado al inicio de este capítulo: Islandia camina hacia el 2% de paro tras dejar caer a sus bancos.

Este titular es especialmente desafortunado, puesto que en poco más de diez palabras hay dos mentiras de bulto, con el agravante de que la pieza original está firmada por un periodista islandés que conoce bien lo que sucedió en la isla en 2008 y en los años posteriores al colapso. Por una parte, el desempleo en el último cuarto del año 2013 era del 4,5%, lo cual deja claro que el “2%” del titular es arbitrario y, de hecho, en la noticia descubrimos que la cifra se extrae de unas declaraciones del primer ministro Gunnlaugsson. “Nos gustaría ver el desempleo pasar de donde [está] ahora, en torno al 4%, a menos del 2%, lo que puede sonar extraño para la mayoría de los países occidentales, pero los islandeses no estamos acostumbrados al desempleo”, explicaba el líder del Partido Progresista en el artículo en cuestión. Vemos como las previsiones y los deseos del primer ministro se convertían, de la mano de Valdimarsson, en una afirmación periodística (“Islandia camina hacia el 2% de paro”) que, además, se retroalimentaba con el mito que analizamos en este capítulo. “Tras dejar caer a sus bancos”. Es decir, la lección que Valdimarsson quería darle al mundo con esta correlación de hechos consistía en lo siguiente: si un país desea rebajar su nivel de desempleo, lo que debe hacer es dejar caer a sus bancos. Al menos, esta es la conclusión a la que podían llegar los lectores internacionales si hacían una interpretación explícita del titular.

Pero, ¿qué interés tenía Bloomberg en ofrecer esta imagen pseudorevolucionaria de un gobierno de centroderecha al que apoyaba abiertamente? Valdimarsson se ha negado en varias ocasiones a contestar a mis preguntas sobre la intención de su trabajo periodístico, aduciendo que debía pedir permiso a su jefe para hablar conmigo (algo realmente sorprendente tratándose de un periodista). No obstante, la lectura más plausible es la de una doble intencionalidad. Por una parte, servir de altavoz internacional al nuevo gobierno del Partido Progresista y el Partido de la Independencia, colaborando en una estrategia de comunicación para limpiar la imagen del país con el fin de devolver la confianza a la comunidad internacional. Por la otra, proyectar la idea de una Islandia que cuestionaba el sistema financiero global que la había hecho caer. Según esta versión, compartida por las élites políticas y económicas del país, la culpa de lo sucedido no había sido de los islandeses, sino de factores externos, convirtiendo a los actores locales en víctimas de una superestructura mundial fuera de control que los arrastró hacia el precipicio. Impulsar un discurso de enfrentamiento con algunos poderes financieros internacionales, aunque tan sólo fuera delante de las cámaras, le aseguró a Islandia elogios por parte de amplios sectores de la ciudadanía europea. El entonces presidente de Islandia, Ólafur Ragnar Grímsson, que ostentó el cargo desde 1996 hasta 2016, fue el principal portavoz de esta interpretación interesada. Uno de los memes más compartidos en las redes sociales sobre el mito islandés lo protagoniza Grímsson, con su apariencia de abuelo venerable, afirmando que Islandia salió de la crisis gracias a que el gobierno rescató a las personas y encarceló a los banqueros. “Permitimos que los bancos quebrasen, no aportamos dinero del contribuyente, no introducimos medidas de austeridad y protegimos a los pobres”, declaró Grímsson en una entrevista publicada en el diario catalán Ara en febrero de 2015. Los representantes políticos con más repercusión mediática internacional apostaron por una versión que aparentemente desafiaba las reglas del juego establecido, algo que seguro que ayudó a reforzar el orgullo nacional de muchos islandeses pero que para nada se ajustaba a la realidad de un país que recuperó su economía sin cuestionar lo más mínimo los pilares del sistema capitalista y siguiendo a rajatabla las condiciones impuestas por el Fondo Monetario Internacional.

Ajenos a estos intereses locales, los medios internacionales, como El País, han reproducido durante años artículos cocinados en Islandia dando por buena la versión de que el gobierno de la isla dejó caer a los bancos. Pero, ¿realmente fue así? La respuesta rápida es no. Islandia rescató su sistema financiero tanto como pudo y los islandeses tuvieron que cubrir con dinero público, igual que sucedió en tantos otros países, parte de las ingentes pérdidas de los bancos privados. Pero antes de diseccionar los datos y dibujar una cronología de los hechos para romper con este primer mito, situémonos en marzo de 2007 y subámonos al Boing 767 que fletó para su cumpleaños Thor Bjorgolfsson, el islandés más rico de la historia, que llegó a estar en la lista de las 250 personas más ricas del mundo con una fortuna de 4.000 millones de dólares.

En aquella época, Bjorgolfsson era uno de los héroes de Islandia en la escena internacional, el mejor ejemplo del éxito del modelo de negocios islandés, un vikingo de las finanzas. Aunque forjó su riqueza mediante la compra y, posteriormente, venta de una destilería de alcohol en la Rusia de los años noventa, este joven empresario se sumó al comienzo de la primera década del siglo XXI al negocio bancario sin contar con experiencia previa en el sector. Él y su padre se convirtieron en los principales accionistas de Landsbanki, el segundo banco más grande de Islandia. Pensando en cómo debía celebrar su cuarenta aniversario, Bjorgolfsson llegó a la conclusión de que las famosas fiestas que daba en su mansión de Reykjavík ya no eran suficiente y decidió hacer algo especial, algo extravagante, algo que reflejara debidamente su extraordinaria riqueza. Citó a 120 personas, entre familiares y amigos, para que se subieran a un avión con cabina de lujo y un destino sorpresa. A ese grupo selecto le esperaba un fin de semana de ensueño en una playa paradisíaca de Jamaica, con conciertos privados de Jamiroquai y de Ziggy Marley, el hijo de Bob Marley. “Esta era la ocasión para compartir mi estilo de vida lujoso con aquellos a los que más valoraba y quería, muchos de los cuales jamás hubieran tenido la oportunidad de experimentarlo”, rememora sobre la organización de la fiesta el millonario islandés en el libro Billions to Bust – and Back, una crónica personal sobre cómo amasó su fortuna, cómo la perdió entre 2008 y 2009 y cómo la volvió a rehacer en los años posteriores al colapso.

Bjorgolfsson fue el icono de una época de excesos, de juergas y de celebración del sistema, en la que los que alzaban un poco la voz en señal de alarma eran tildados de aguafiestas. Islandia ya había sufrido durante siglos penurias, desastres naturales y hambrunas, había llegado el tiempo en el que los islandeses debían vengar a sus antecesores y emborracharse de dinero como si no existiera el mañana, para decirle al mundo que esa Islandia pobre, aislada y deprimida era cosa del pasado. De hecho, la afección por el riesgo y la planificación a corto plazo son atributos propios del carácter islandés. “Los islandeses históricamente nunca hemos pensado a medio o largo plazo. Nuestros pescadores podían morir cualquier día en alta mar, un volcán podía arrasar poblaciones enteras o una mala cosecha podía aniquilar a buena parte de los habitantes de una región. Estamos acostumbrados a pensar sólo en el ahora y es normal que así sea”. Esta justificación es un comodín para relativizar cualquier ventura por kamikaze que parezca, lo que confiere a los islandeses un aura innegablemente atractiva por más que en política y, sobre todo, en el ámbito económico, a menudo, esta actitud les cause problemas.

El libro del ex banquero Bjorgolfsson es un claro ejemplo de un tipo de literatura postcolapso que se ha desarrollado con el fin de humanizar la figura de aquellos que dirigían el sistema financiero islandés antes de la crisis, ofreciendo relatos narrados en primera persona, en los que los autores cuentan sus batallitas con orgullo y dejan entrever cierto arrepentimiento por los posibles errores cometidos, siempre responsabilizando a factores externos que supuestamente se encontraban fuera de su control. “Muchas de las cosas que he hecho empezaron como grandes ideas y demostraron serlas; otras de alguna forma acabaron terriblemente a pesar de las buenas intenciones”, reflexiona Bjorgolfsson al final de su obra publicada en 2014. Otro ensayo de similares características es el firmado por Armann Thorvaldsson, ex director general de Kaupthing Bank en el Reino Unido, que en 2009 llevó a las librerías Frozen Assets. How I lived Iceland’s boom and bust para dar su versión de los hechos. Más allá de sus reflexiones sobre cuestiones técnicas que más adelante analizaremos, igual que Bjorgolfsson, utiliza las últimas líneas para dejar caer una autodisculpa. “Aún creo honestamente que intenté actuar prudentemente y con integridad a lo largo de los años en Kaupthing. Por supuesto hay decisiones de las que me arrepiento, así como también me arrepiento de no haber tomado otras. Ahora, finalmente, he escrito este libro no para poner excusas sino para explicarlo tal y como fue”, concluye Thorvaldsson.

El ex alto cargo de Kaupthing también recuerda en las páginas de su libro las grandes fiestas que fueron símbolo de poder y derroche durante los años previos a la caída. En 2003, en un evento que organizó en el Museo de Historia Natural de Londres, Thorvaldsson tenía una sorpresa preparada para la élite empresarial que le acompañaba y para sus amigos del barrio en el que creció en Reykjavík. El banquero era conocido por sus imitaciones de Tom Jones en las fiestas que había celebrado por medio mundo. “En lugar de la imitación barata islandesa, ¿por qué no disfrutar de la versión real y del mejor cantante del mundo? Sir Tomes Jones apareció en el escenario. Muchos de los invitados pensaron que era un imitador. Un amigo mío me dijo que tuvo que escuchar cinco canciones para estar seguro de que era el de verdad”, rememora Thorvaldsson. Las excentricidades de la corte financiera islandesa eran conocidas en las altas esferas europeas y norteamericanas y ello alimentaba aún más el hambriento ego de un país al que le apetecía llamar la atención y colgarse la medalla de nuevo rico. Un banquero, precisamente el padre de Thor Bjorgolfsson, Bjorgolfur Gudmundsson, era conocido en Inglaterra por haber comprado el equipo de la Premier League West Ham FC. Todo era poco y nada era imposible.

A pesar de la estrafalaria eclosión de la elite bancaria islandesa de principios del presente siglo, los orígenes de la banca nacional fueron mucho más humildes. En Islandia el primer banco comercial se estableció en 1886, cuando empezó a operar Landsbanki Íslands, traducido al castellano, Banco Nacional de Islandia, una entidad de propiedad estatal que tenía capacidad para imprimir billetes islandeses, con el mismo valor que la moneda danesa, que estaban garantizados por el tesoro islandés. La banca moderna llegó a Islandia entre uno y dos siglos más tarde que la mayoría de países europeos. En Suecia, por ejemplo, el primer banco moderno se fundó en 1668 (Sveriges Riksbank), el Bank of England se creó en 1694, en España la primera caja de ahorros, Caja Madrid, abrió en 1702, en Dinamarca el Kurantbanken inició sus operaciones en 1736, mientras que en el otro lado del Atlántico, el Bank of New York abrió puertas en 1784. Debido al control económico que ejercía Dinamarca sobre Islandia (con la imposición de un estricto monopolio comercial) y por la economía de subsistencia que caracterizó el país hasta finales del siglo XIX (y en muchas zonas, hasta las primeras décadas del siglo XX), nunca antes se planteó la instauración de una entidad financiera como Landsbanki Íslands. Su puesta en marcha no supuso una gran revolución, puesto que sus políticas eran muy conservadoras y, como explica el historiador Gunnar Karlsson, pronto fue evidente que “esta fuente de crédito era insuficiente”. Además, los islandeses no estaban acostumbrados a depositar sus ahorros en entidades financieras.

Históricamente, las monedas de plata y de oro se guardaban en las casas o, incluso, como descubrimos en algunas sagas islandesas, se enterraban con los muertos, puesto que existía la creencia pagana de que todo aquello que se acumulara en vida se conservaría para la eternidad tras la muerte. Así lo explica Snorri Sturluson, el poeta e historiador de referencia del siglo XIII en Islandia, en su obra Heimskringla, refiriéndose a la Ley de Odín. En la saga de Egil también descubrimos que en la Islandia precristiana (entre el año 874 y 1000) era común que los hombres poderosos escondieran sus tesoros bajo tierra, como hace el mismo Egil, que, según la saga, jamás contó a nadie dónde había escondido sus pertinencias más valiosas, ni cuando enfermó gravemente antes de su deceso, perdiéndose para siempre. Pero no hace falta ir tan lejos en el tiempo para entender la costumbre de los pobladores de la isla de guardar el dinero en casa. Según apunta el economista Ásgeir Jónsson en su libro Why Iceland?, en 1900 cerca del 70% de los ahorros de los islandeses aún se escondían en los hogares. Por aquel entonces la mayoría de islandeses vivía en casas de piedra, barro y hierba con interiores de madera y una terrible humedad que calaba en los huesos. La aparición de Landsbanki Íslands a finales del siglo XIX no cambió esa costumbre.

El primer banco que tuvo un impacto significativo en la economía islandesa fue Islandsbanki, en castellano, el Banco de Islandia, que abrió puertas en 1904. El capital de esta entidad procedía íntegramente de Dinamarca y su política era mucho más proclive al impulso del sector de los negocios que la del conservador Landsbanki Íslands. La reducción de avales para acceder a crédito y las atractivas tasas de interés dinamizaron un país que llevaba siglos estancado en un sistema económico propio del medievo. Como apunta Jónsson, en 1910 entre el 70% y el 80% de los islandeses ya habían depositado sus ahorros en el banco, rompiendo con la dinámica histórica de guardar el dinero en el hogar. Al nacimiento de una banca accesible para particulares y empresas se le sumaron otros avances revolucionarios, como la adquisición del primer arrastrero de propiedad islandesa (1905), el establecimiento de comunicación permanente con Europa mediante un telégrafo (1906) y el inicio de las obras para la construcción de un puerto moderno en Reykjavík (1913). Gran parte del dinero que llegó a la isla acabó en manos de compañías pesqueras, convirtiéndose este sector en una alternativa económica viable a la agricultura tradicional. Las exportaciones se multiplicaron rápidamente y las toneladas de pescado por año fueron incrementando de forma exponencial. La mejoría económica de principios de siglo no estuvo exenta de riesgos, principalmente debido a que el dinero de los bancos se acumulaba en manos de unas pocas empresas. La bancarrota de una única compañía de pesca hizo perder a Islandsbanki el 25% del capital en 1914, lo que evidenció los peligros del nuevo sistema económico en un país con tan poca población. No obstante, la entidad se recuperó rápidamente, en parte, gracias al incremento de la demanda de pescado durante la Primera Guerra Mundial.

En las tres primeras décadas del siglo XX, la economía creció, a pesar de algunos contratiempos, debido a la apuesta por el mar y la apertura hacia el continente europeo. Durante esos años, España fue el principal cliente para Islandia, con un intercambio comercial muy fructífero, siendo el bacalao salado y el vino tinto los productos estrella. Las relaciones entre España e Islandia se tensaron a raíz de la aprobación de una ley que prohibía la importación de alcohol en Islandia en 1917. Seis años más tarde, España consiguió que el parlamento islandés reformara la legislación a cambio de un trato comercial privilegiado para los isleños, siempre y cuando Islandia exceptuase “los vinos españoles que no excedan de 21 grados de alcohol originarios o procedentes de España de la ley islandesa de 14 de noviembre de 1917 sobre prohibición de la importación de bebidas espirituosas”, como apuntaba la cancillería del ministerio de Estado español en una nota publicada en la prensa en julio de 1923. La flexibilidad mostrada por parte de las autoridades islandesas en este asunto, en un contexto social en el que el alcoholismo era un problema de primer orden, es una clara muestra de la dependencia que los islandeses desarrollaron respecto al comercio exterior y, concretamente, a la demanda y el precio del pescado en el sur de Europa. En 1930, la pesca representaba el 28% del PIB nacional y el 91% de las exportaciones islandesas.

La exposición a factores de riesgo externos hizo que la economía islandesa también sufriera las consecuencias de la caída de Wall Street en octubre de 1929. Islandsbanki quebró a principios 1930, ahogado por la incapacidad de encontrar vías de crédito en un contexto de depresión generalizada en Estados Unidos y Europa. El 2 de febrero de 1930 el parlamento islandés vivió una jornada negra, con uno de los debates más decisivos de su historia moderna. El problema que afrontaba la nación no tenía precedentes en la isla: Islandsbanki, su principal banco, no podía hacer frente al pago de sus obligaciones. El que había sido el motor del progreso de la economía nacional se había convertido en una tremenda amenaza para las sensibles finanzas del país. Durante toda la noche y hasta la madrugada, los parlamentarios debatieron sobre si se debía rescatar o no al banco privado, que a pesar de sus intereses comerciales también ejercía de banco central. Parte de los diputados defendían que los islandeses no tenían por qué hacerse cargo de la deuda de una empresa de capital extranjero, mientras que los demás representantes de la cámara legislativa subrayaban el papel clave que había tenido Islandsbanki en la modernización del sector pesquero. El parlamento islandés se posicionó aquel día en contra del rescate y a la mañana siguiente los ciudadanos se agolparon a las puertas de las oficinas de la entidad para intentar recuperar sus ahorros, aunque sin éxito. En las semanas posteriores a la decisión parlamentaria, los acreedores internacionales redoblaron la presión y amenazaron al gobierno advirtiéndolo de que, si no reconsideraba su decisión, su economía sería excluida de los mercados internacionales y condenada al aislamiento. La intimidación surgió efecto y, finalmente, las autoridades islandesas cedieron y nacionalizaron el banco para solventar la situación. Un año más tarde, con el fin de proteger la economía nacional, el gobierno impuso estrictos controles de capital, que perdurarían y que condicionarían la economía islandesa hasta 1994.

La caída de los precios del pescado en los mercados europeos, la crisis generalizada en buena parte del continente y el aislamiento de la banca islandesa tuvieron consecuencias sociales y económicas que marcaron a toda una generación. Los precios del bacalao salado islandés cayeron un 40% entre 1929 y 1931 y las exportaciones se redujeron drásticamente, resultando en una alta tasa de desempleo que, según los datos oficiales, llegó al 15% en la ciudad de Reykjavík durante los años más crudos de la crisis. En muchos pueblos pequeños, los pescadores tuvieron que dedicarse a la agricultura para sobrevivir durante una década de penurias. Pese a los tímidos signos de recuperación entre los años 1932 y 1933, la economía islandesa recayó de nuevo en 1934, en gran parte, debido a la inestabilidad política y social en España. El incremento de los aranceles impuestos por el gobierno de la República española, interesado en disminuir el déficit de la balanza comercial, supuso un golpe durísimo para la isla. Más tarde, la Guerra Civil Española hundió de nuevo el sector pesquero, que pasó de exportar a puertos españoles unas 35.000 toneladas, en 1933, a tan sólo 3.000 toneladas, en 1936. Otro conflicto bélico, en este caso la Segunda Guerra Mundial, salvaría la economía isleña, forjando nuevas alianzas comerciales y políticas que definirían el futuro de Islandia durante la segunda mitad del siglo XX.

El de 1930 fue el primer cataclismo de la banca islandesa, una experiencia que casi ochenta años más tarde se repetiría como un déjà vu, el 6 de octubre de 2008. Durante más de seis décadas la economía islandesa estuvo condicionada por el establecimiento de controles sobre la salida de capital y por la estricta supervisión gubernamental de la gestión de las entidades financieras. Durante esta etapa, además, se forjaron estrechos vínculos entre la banca y las principales formaciones políticas de la isla, normalizando los cruces de intereses y las puertas giratorias y fomentando una cultura de gestión de la banca que, más tarde, definiría el proceso de privatización. Hasta su nacionalización, Islandsbanki había estado en manos de propietarios extranjeros, pero la compra por parte del Estado y los controles de capital convirtieron el sector financiero en un asunto local, alejado de los mercados internacionales. Este factor se debe tener en cuenta para entender la facilidad con la que Islandia, a principios del siglo XXI, vendió al mundo la idea de una banca solvente, moderna e innovadora, cuando en realidad sus entidades carecían de la experiencia y del control necesarios para sumarse con unas mínimas garantías al mercado financiero global. El desconocimiento sobre el sector bancario islandés que se gestó durante más de sesenta años facilitó, más tarde, la creación de una imagen totalmente distorsionada que políticos y banqueros isleños se encargaron de promocionar, con un tono propio al de la teletienda, a un lado y otro del Atlántico.

3 de mayo de 2005. Ólafur Ragnar Grímsson, presidente de Islandia por aquel entonces, se dirige al atril del Walbrook Club de Londres para pronunciar un discurso delante de una audiencia formada por líderes de negocios y representantes de los medios de comunicación del Reino Unido. En 2004, el Producto Interior Bruto islandés había experimentado un crecimiento del 8,1% y el presidente de Islandia estaba pletórico, con ganas de dar una lección al mundo sobre cómo los islandeses habían forjado un modelo de negocios de referencia internacional. “[…] Muchos factores han contribuido al éxito de este viaje, pero estoy convencido que nuestra cultura de los negocios, nuestra cercanía, nuestra forma de pensar y nuestros modelos de comportamiento, arraigados en nuestra tradición e identidad nacional, han jugado un papel crucial”, aseveró Grímsson, que en agosto de 2005 cumpliría nueve años como presidente de la república. A continuación, desgranó una lista de doce puntos, algo así como el recetario del éxito del modelo islandés del que los demás países deberían tomar nota. “Primero, una fuerte ética del trabajo. Esto es una herencia de nuestra vieja sociedad de granjeros y pescadores, en la que la necesidad dictaba que el pescado debía trasladarse a la orilla para ser procesado inmediatamente después de la llegada de los barcos a puerto y en la que el heno debía ser cultivado y cosechado cuando el tiempo era favorable. Cuando Kaupthing Bank derrotó a otros licitadores en la compra del FIH Erhvervs Bank danés, el decepcionado representante inglés volvió a Londres e informó a su jefe de que los islandeses habían ganado porque, como dijo: ‘cuando nosotros vamos a casa estos chicos aún están trabajando’. Segundo, tendemos a centrarnos en los resultados más que en el proceso: afrontamos la tarea de forma directa y hacemos el trabajo en el menor tiempo posible; nos preguntamos cuándo puede estar hecho en lugar de cómo. Tercero, los islandeses son amantes del riesgo. Son atrevidos y agresivos”, detalló al inicio de su enumeración.

Este relato, similar a decenas de discursos que emitió durante la época dorada del sector financiero islandés, fue recuperado por algunos periodistas pocos días después del colapso de 2008 para refrescar la memoria a los islandeses sobre el papel que había tenido su presidente durante el proceso de formación de la burbuja de la banca privada islandesa. Grímsson era el máximo representante institucional de la isla y era habitual que fuera de visita a otros países junto a su corte financiera para vender la marca Islandia al mundo. Es debido a esta narrativa nacionalista e identitaria, impulsada por el presidente y abrazada por los principales partidos políticos y medios de comunicación, que a la generación de banqueros islandeses de principios de este siglo se les conocía como Vikingos de las Finanzas, si bien más tarde se popularizaría el término banksters. El presidente Grímsson era el vocero de un sector que se había creado pocos años atrás y que había hecho crecer la economía islandesa hasta límites insospechados. Pero, ¿cómo pasó la banca islandesa de ser controlada casi totalmente por el sector público a estar en manos de jóvenes ambiciosos que soñaban con ver su nombre en la lista Forbes?

Las cinco décadas posteriores al colapso de 1930 deben entenderse como una pausa en el desarrollo del sistema bancario, un periodo de tiempo en el que la banca islandesa se quedó atrás respecto a las entidades financieras europeas y estadounidenses. A los dos bancos existentes antes de la depresión, Landsbanki y Islandsbanki (que con la nacionalización pasó a llamarse Utvegsbanki, o Banco de los Pescadores), se les sumó una tercera entidad pública conocida como el Banco de los Agricultores, Búnaðarbanki. Durante décadas los gobernadores de estos bancos propiedad del estado, incluido el nuevo banco central que se fundó en 1961, fueron hombres vinculados a las formaciones políticas con más peso en el parlamento, el Partido de la Independencia y el Partido Progresista. Precisamente estos partidos serían los que más tarde se encargarían del proceso de privatización de la banca nacional a finales de los noventa y principios de los dos mil.

Durante la segunda mitad del siglo XX, la banca privada en Islandia existió, pero su peso dentro del sector era muy reducido. Entre 1953 y 1971 se fundaron tres pequeños bancos, uno conocido como el Banco de la Industria (Idnadarbankinn), otro como el Banco del Comercio (Verslunarbankinn) y, finalmente, otro fundado por los sindicatos de trabajadores conocido como el Banco Popular (Althydunbankinn). Estas tres entidades se fusionaron con Utvegsbanki, después de que este último se hundiera debido a la quiebra de una compañía de pesca en 1985, en un contexto de inflación rampante que el gobierno intentó controlar desde 1983 devaluando la corona para asegurar la competitividad del sector pesquero. Este nuevo banco privado recuperó el nombre de Islandsbanki en 1990, se fusionó en el año 2000 con el recién privatizado FBA y más tarde, en 2006, pasaría a denominarse Glitnir. “La mayoría de los problemas específicos [de la economía islandesa] están directamente relacionados con el hecho de que Islandia representa una economía pequeña, muy dependiente del comercio internacional. Además, gran parte de la producción para la exportación, principalmente pescado, depende considerablemente de las condiciones meteorológicas o de aspectos biológicos, como las existencias de pescado”, apuntaba el Banco Central de Islandia en su informe anual de 1986. Islandia quería dejar de depender de países extranjeros y de las condiciones propias del Atlántico Norte, así que, ya en los noventa, la creación de un nuevo sector financiero se presentó como una solución milagrosa que solventaría de una vez por todas los problemas económicos que Islandia venía experimentando desde principios de siglo. Islandia debía dejar de mirar exclusivamente hacia el mar. El futuro estaba ahora en la banca privada. 

Con la nueva tendencia neoliberal impulsada por Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos, Islandia vivió una época de cambio profundo en el sistema bancario. En la segunda mitad de la década de los 90’ se forjó una nueva coalición de gobierno a raíz de los resultados de las elecciones parlamentarias del 8 de abril de 1995, en la que el Partido de la Independencia y el Partido Progresista sumaron 40 de los 63 diputados, 25 y 15 respectivamente. Se rompía así la coalición de la anterior legislatura, que unió a la derecha del Partido de la Independencia con el centroizquierda del Partido Socialdemócrata. La nueva alianza perduraría hasta las elecciones del 12 de mayo de 2007, un año y cuatro meses antes del colapso del sistema financiero. Durante doce años, el Partido de la Independencia y el Partido Progresista protagonizaron una nueva aventura política que tenía como principal objetivo la desregularización del mercado y la venta de la propiedad estatal de los bancos y otras empresas públicas. Se iniciaba un camino de éxito efímero, en el que la abundancia apaciguó la capacidad crítica de los islandeses, si bien la coalición de gobierno fue perdiendo apoyos elección tras elección, sin que esto cambiara ni una coma de los planes que los líderes de estos dos partidos tenían para la economía islandesa.

De los años en los que se privatizó la banca, un nombre destacó por encima de todos los demás: Davíð Oddsson. El líder del Partido de la Independencia era en los ochenta un hombre carismático y querido por los electores después de su paso por la alcaldía de Reykjavík. Fue primer ministro desde 1991 hasta 2004, aunque con los años se fue convirtiendo en una figura cada vez más controvertida, conocido por ridiculizar sin piedad a sus contrincantes políticos y por su convicción casi religiosa hacia el rumbo neoliberal que había ordenado para la economía de la nación que lideró durante trece años. “Cuando Milton Friedman visitó Islandia en los 80, alguien le preguntó qué solución tenía para los problemas económicos de Islandia. La respuesta de Friedman fue simple: ‘la solución es la libertad’. La libertad del individuo así como la libertad de la nación son los cimientos para el bienestar, tanto espiritual como material”, declaró Oddsson ante la audiencia del American Enterprise Institute en Washington, el 14 de junio de 2004, en su última etapa como primer ministro. Su fe en la nueva corriente de pensamiento económico guió las políticas económicas de su gobierno, tomando inspiración en las principales figuras del neoliberalismo, como Friedman. No obstante, su acción de gobierno durante los primeros años del presente siglo no sólo estuvo marcada por la moda económica del momento, sino que el nepotismo también tuvo un papel relevante.

El 10 de diciembre de 2002, Steingrímur Ari Arason, miembro del comité de privatización de la banca islandesa desde su creación, envió una carta al primer ministro Oddsson en la que le anunciaba su renuncia. Esa escueto texto se convirtió después del colapso económico de 2008 en una de las más claras señales de que algo se había hecho mal desde hacía tiempo. “Llevo en el Comité Ejecutivo de Privatización desde 1991 y jamás había visto a nadie trabajar con estos métodos”, sentenciaba Arason en la misiva. Los métodos a los que se refería eran los del propio primer ministro y los del ministro de Exteriores, Halldór Ásgrímsson. Según la versión de Arason, que no comentó públicamente lo sucedido hasta su comparecencia posterior a la crisis financiera ante un comité de investigación parlamentaria, el proceso de privatización de la banca fue una cosa de Oddsson y Ásgrímsson, uno como líder del Partido de la Independencia y el otro como líder del Partido Progresista, dando la espalda a las normas que el comité de privatización había establecido. “Considero que existe un 99,9% de probabilidades que ellos fueran los únicos responsables de la venta de los bancos”, reconoció Arason años después de su dimisión en una entrevista.

Durante el proceso de venta de Búnaðarbanki y de Landsbanki, los criterios económicos y de interés general dejaron de ser los prioritarios, convirtiéndose el amiguismo en la pauta que guiaría la toma de decisiones del primer ministro y del ministro de Exteriores. Como más tarde quedaría demostrado tras la investigación parlamentaria, el Partido de la Independencia y el Partido Progresista, y muy concretamente sus dos líderes, pactaron repartirse el pastel de la nueva banca privada otorgando los derechos de compra a empresarios del entorno de cada una de las dos formaciones políticas. Landsbanki se vendió a Björgólfur Guðmundsson, miembro histórico del Partido de la Independencia, y a su hijo Bjórgólfur Thor Björgólfsson (el de la fiesta de cumpleaños en una isla paradisíaca de Jamaica con 120 invitados), propietarios del grupo de inversiones Samson. De los tres licitadores que cumplían con los requisitos para hacerse con el banco, Samson fue el que menos dinero ofreció. Aún así, el 45,8% de la propiedad de Landsbanki le fue adjudicada a cambio de 145 millones de dólares de la época. Davíð Oddsson había cumplido su misión.

Por su parte, el otro banco público en vías de privatización, Bunadarbanki (traducido al castellano, Banco de los Agricultores) fue vendido a sectores empresariales directamente relacionados con el Partido Progresista, conocido precisamente como el partido de los agricultores. S-Group, liderado por el empresario Ólafur Ólafsson, entonces y aún hoy en día propietario de la todopoderosa empresa de logística internacional Samskip, obtuvo un 45,8% de la propiedad de Bunadarbanki, entidad que poco después fue absorbida por Kaupthing, pasándose a llamar Kaupthing Bank. Halldór Ásgrímsson también había cumplido su misión. En enero de 2003, el proceso de privatización de la banca ya había concluido, sin seguir las normas preestablecidas por el comité de privatización y con una falta de transparencia alarmante. A pesar de ello, el silencio se impuso y la dimisión de Steingrímur Ari Arason no despertó suficientes sospechas hasta que en 2005 la periodista Sigríður Dögg Auðunsdóttir, redactora por aquel entonces del periódico Fréttablaðið, narró con detalle quirúrgico el proceso de venta de las entidades financieras en una serie de cuatro artículos que causó cierto revuelo en los medios pero que no en ningún caso consiguieron frenar el ritmo de crecimiento casi exponencial al que navegaban los tres principales bancos capitaneados por los nuevos héroes del país, los Vikingos de las Finanzas.

El movimiento nacionalista islandés, que tuvo especial relevancia política a partir de la segunda mitad del siglo XIX hasta la proclamación de la independencia el 17 de junio de 1944, encontró en los primeros dos siglos de asentamiento en la isla su época dorada. Ese había sido un periodo en el que, según la narración romántica elaborada por historiadores nacionalistas hace unos 150 años, los islandeses se valieron de su independencia para fundar una sociedad avanzada y ejemplar, en torno a la asamblea legislativa anual que se celebraba en Almannagjá, la falla tectónica de la placa norteamericana, en el corazón del hoy Parque Nacional de Þingvellir. La independencia de Dinamarca se entendió como el resurgir de una nación que, siete siglos más tarde, recuperaba el control total sobre su instituciones políticas y económicas. En el delirio financiero que tuvo lugar entre los años 2003 y 2008, muchas fueron las referencias a los primeros pobladores de la isla, esos valientes y rebeldes vikingos que habían renunciado a vivir en el reino de Noruega para construir una sociedad libre del yugo monárquico. Ahora, los valientes y rebeldes vikingos eran los banqueros, obstinados en demostrar que ellos, a pesar de haber nacido en una pequeña isla de granjeros y pescadores, también podían ser tan o más ricos que los demás.

El detalle del desastre económico es a menudo ininteligible para la mayoría de mortales, lo que añade a las crisis económicas un aura de misterio y, a su vez, permite que los ciudadanos desconozcan si, después de capear el temporal, se están tomando las medidas adecuadas para la creación de una economía estable o no. El caso de la burbuja financiera en Islandia no es, en este sentido, una excepción y la asimilación de la cronología de los hechos, acción tras acción, merece un estudio detallado que han realizado economistas de primera línea que, por norma general, han publicado los resultados en inglés. En mis años de dedicación al caso islandés, un libro me ha servido como guía para el análisis microscópico de lo que sucedió en el sector bancario en los cinco años previos a la caída. Se trata de Bringing Down The Banking System, de Gudrun Johnsen, economista, profesora en Háskóli Íslands y actual presidenta de la junta directiva de Arion Banki, surgido de las cenizas de Kaupthing. No es el único trabajo de referencia, pero su nivel de detalle es tal que, a pesar de la complejidad, deja pocas dudas sobre cómo sucedió todo.

De 1998 a 2003, los activos de los tres principales bancos islandeses, Kaupthing, Glitnir y Landsbanki, pasaron de 4.500 a 16.000 millones de euros. En el periodo de 2004 a 2007, esta cifra se multiplicó por siete. Entre 2004 y 2008, estas mismas entidades financieras emitieron 50.000 millones de euros en bonos bancarios a tres y cinco años. De 2003 a 2007, el Producto Interior Bruto (PIB) islandés creció un 6,4% de media anual. La deuda externa en esos mismos años pasó de un 75% a un 500% del PIB. La bolsa islandesa, conocida como ICEX, creció en 2004 un 59% y en 2005 un 65%. Entre 2003 y 2005, los precios de venta de vivienda en Reykjavík se duplicaron. Los impuestos a las empresas pasaron  entre 2002 y 2008 del 30% al 15% y, a pesar de ello, la recaudación pública creció año tras año. En 2007, se vendieron más Range Rovers en Islandia que en Suecia y Dinamarca juntas. El informe de la comisión especial de investigación parlamentaria sobre el colapso financiero de 2008 deja claros los motivos de la caída de los bancos en 2008: su rápida expansión, la falta de control por parte de las autoridades nacionales y el fácil acceso de la recién creada banca privada islandesa a los mercados financieros internacionales. La comodidad con la que los bancos multiplicaron su deuda y, por lo tanto, el riesgo para la economía isleña se explica por la buena calificación crediticia de los bonos islandeses y por el acuerdo con el Area Económica Europea que aseguró la capacidad de los bancos islandeses a acceder al mercado de financiación europeo, especialmente entre los años 2004 y 2006. Después de 2006, la popularización en Estados Unidos de las obligaciones de deuda garantizada, producto financiero conocido en inglés como CDO, junto con la excelente calificación crediticia de los bancos islandeses hicieron que el mercado de valores acudiese en masa a Islandia en busca de deuda ‘triple A’ para la creación los paquetes de deuda CDO.

A las cuatro de la tarde del 6 de octubre de 2008 el primer ministro de Islandia, Geir Haarde, dirigió un histórico discurso a la nación a través de la televisión estatal. Mediante esa alocución, realizada con rostro serio, casi desencajado, los islandeses descubrieron la verdad sobre el sistema financiero en el que hasta la fecha habían creído ciegamente. Los tres monstruos financieros que crecieron sin control durante a penas un lustro se revelaron como un simple espejismo y ahora la única opción era intentar salvar el sistema a costa del ciudadano. “Existe un riesgo muy real, queridos compatriotas, de que la economía islandesa, en el peor de los casos, sea arrastrada junto con los bancos hacia un remolino que podría resultar en la bancarrota nacional”, aseveró Haarde, antes de pronunciar el desde entonces icónico “Dios bendiga Islandia” con el que daría fin a su discurso.

En 2006, Islandia ya había sufrido las primeras turbulencias económicas en la llamada Crisis Géiser, momento en el que el sobrecalentamiento de la economía era evidente y en el que algunos actores internacionales ya empezaron a activar todas las alarmas. “Se acerca una recesión y será dura, como lo acostumbran a ser las recesiones en Islandia”, advertía en marzo de 2006 el Danske Bank (Banco Danés) en un informe sobre la situación en la isla. No obstante, algunas voces autorizadas, como la de Frederic Mishkin, profesor de la Universidad de Columbia, ayudaron a contrarrestar las críticas al estado del sistema financiero islandés. Dos meses después de la publicación del informe del banco danés, Mishkin firmaba junto con un economista islandés, Tryggvi Thor Herbertsson, un documento en el que se daba una visión más que optimista de la situación. “La fragilidad financiera [de Islandia] no supone hoy en día un problema y la probabilidad de un colapso es baja”. Así de claro lo tenía Mishkin, que pocos meses después se convertiría en el nuevo gobernador de la Reserva Federal de Estados Unidos. Mishkin cobró 124.000 dólares por redactar este informe. Fue la primera gran acción de propaganda made in Iceland para convencer al mundo de que en Islandia todo iba bien.

“Dios bendiga Islandia”. Tres palabras que han quedado grabadas en la memoria colectiva de los islandeses, representando el peor día en la historia de la república independiente. Hay un aspecto del discurso del primer ministro que ha pasado desapercibido para la audiencia internacional pero que es clave para entender la realidad sobre el mito que se plantea en este capítulo (el que dice que Islandia dejó caer a sus bancos y que los ciudadanos no dedicaron ni una sola corona a su rescate). Si repasamos el texto que leyó esa noche descubrimos de forma clara las primeras intenciones del gobierno ante la caída de Glitnir, Kaupthing y Landsbanki: “Por consiguiente, la decisión de un rescate a gran escala para los bancos islandeses no es sólo una cuestión de que los contribuyentes tengan que soportar temporalmente una pesada carga, sino que concierne a la posición y el futuro de la nación islandesa en su conjunto. El gobierno ha dejado claro que hará todo lo que esté en su poder para apoyar al sistema bancario”. El gobierno liderado por Haarde no se planteaba dejar caer el sistema financiero sin intentar rescatarlo, si bien en todo momento admitió que no podía salvarlo en su totalidad. Este factor es clave para entender el rescate a la banca islandesa que tuvo lugar a partir de octubre de 2008.

La mayoría de los mitos que se propagan en la prensa y en las redes sociales se basan en medias verdades. En hechos aislados y manipulados que aparentemente explican lo que ha sucedido en algún lugar. Cuando hablamos del colapso financiero islandés, no hay que olvidar que la deuda que dejaron los tres principales bancos era de diez veces el PIB del país. Ni más ni menos que diez veces toda la riqueza nacional producida en un año. No es que Islandia no quisiera rescatar a todos sus bancos, es que, literalmente, no podía. Incluso se bromeaba con que algún país compraría Islandia, como quien compra un banco recién quebrado por un euro. Aún así, la respuesta inmediata a la crisis fue el anuncio de un rescate para la banca. De hecho, una semana antes de la confesión de Haarde, el gobierno anunció una inyección de 600 millones euros para Glitnir mediante la cual controlaría el 75% del banco. El mismo 6 de octubre el Banco Central de Islandia anunció un préstamo de última instancia para Kaupthing de 500 millones de euros. Ninguno de estos pagos se hizo efectivo puesto que en los días posteriores al anuncio las autoridades entendieron que ninguna de estas cifras iba a solucionar el problema. Estos anuncios, con gran repercusión aquellos días en la prensa internacional, se pueden interpretar como una muestra del desconocimiento por parte de los líderes islandeses sobre la magnitud de la crisis que se les venía encima o como meros fuegos artificiales para ganar tiempo ante la presión de la comunidad internacional para que ofreciera soluciones convincentes.

Islandia no pudo rescatar en el sentido clásico ninguno de los tres principales bancos del país. Se nacionalizó la banca, se crearon nuevos bancos sobre las cenizas de los recién caídos que garantizaran los depósitos y que negociaron con los inversores y acreedores la devolución de parte de la deuda, un proceso que se ha alargado casi una década. El hecho de que Kaupthing, Glitnir y Landsbanki no fueran rescatados, puesto que por su extraordinario tamaño era imposible llevar a cabo tal acción (caso conocido como to big to bail -demasiado grande para rescatar-, que contrasta con el to big to fail -demasiado grande para dejar caer- que se aplicó a la mayor parte del sistema financiero internacional), esconde una realidad que puede sorprender al lector. Un contribuyente islandés ha pagado mucho más para salvar el sistema bancario nacional que, por ejemplo, un contribuyente español durante la última gran recesión económica. Pero, si el gobierno no rescató a los grandes bancos, ¿a qué dinero nos referimos? Concretamente al mayúsculo rescate que recibió el banco central por parte del gobierno, a costa de las arcas públicas. Salvar  la piedra angular del sistema bancario islandés costó poco más de 2.000 millones de euros. De esta forma, la factura subió a unos 6.250 euros por habitante (Islandia contaba con una población de 320.000 por esas fechas), incluyendo en el cálculo recién nacidos y jubilados. ¿Saben quién era el gobernador del banco central durante el colapso económico? Davíð Oddsson. El mismo Davíð Oddsson que, como primer ministro, había impulsado la privatización de la banca que estaba hundiendo la institución que dirigía.

Pero el del banco central no fue el único rescate público que vivió el país. Como ha demostrado detalladamente la periodista islandesa especializada en economía Sigrún Davíðsdóttir, el gobierno ayudó a pequeños bancos, incluidos VBS y Saga Capital, y alguna empresa aseguradora con una inyección de 1.245 millones de euros, lo que suponía en 2010 el 14% del PIB nacional. En 2011, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, o OECD, en inglés) publicó un informe en el que detallaba los costes fiscales directos de Islandia a raíz del colapso financiero. Según este documento, el gobierno tuvo que cubrir las pérdidas del banco central, destinar partidas presupuestarias a la recapitalización de los nuevos bancos y la recapitalización del Fondo para la Financiación de la Vivienda y cubrir garantías de deuda. La organización internacional calcula que Islandia destinó un 20% de su PIB nacional para rescatar el sistema financiero, situándose en aquel entonces como el segundo país de la OCDE con más costes fiscales directos derivados de la crisis, sólo por detrás de Irlanda. En España, por ejemplo, el rescate bancario supuso el 8,5% del PIB, según un informe de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia publicado en diciembre de 2016. Si bien existen diferentes recuentos sobre el coste real de la bancarrota nacional según los conceptos que incluyen unas u otras fuentes, nadie bien informado puede negar la existencia del rescate bancario en Islandia.

Si casi ningún periodista extranjero ha puesto en duda el mantra del no rescate en Islandia ha sido por omisión de uno de sus deberes más básicos: contrastar la información. Los datos aportados aquí aclaran cualquier duda sobre este primer mito pero, además, el contexto histórico sobre la banca islandesa nos debe ayudar a entender que eso que contaba Bloomberg o el propio presidente Ólafur Ragnar Grímsson en los años posteriores al colapso financiero era poco creíble y muy poco probable. Para la clase política islandesa, la misma que vendió la banca pública a empresarios afines a sus partidos, salvar el sistema financiero suponía salvar su propio proyecto. Si algún plan económico hubiera mostrado la viabilidad de un rescate total del sistema financiero, por duro que hubiera sido para la población, lo habrían firmado sin dudarlo. El rescate total no era, en ninguno de los casos, una opción. La quiebra de Glitnir, Kaupthing y Landsbanki no fue una decisión ideológica, simplemente fue aceptar la realidad. Islandia hubiera tenido que dedicar diez veces su PIB o, lo que es lo mismo, veinte veces su presupuesto nacional para evitar la bancarrota. Lo que en España, en Irlanda, en Portugal o en Grecia era una imposición, dura e injusta para los ciudadanos pero viable, en Islandia no era más que una quimera. De ahí el rostro desencajado y la mirada perdida de Geir Haarde cuando ese 6 de octubre de 2008 tuvo que reconocer ante la nación que Islandia, aquella tarde, parecía no tener solución.

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