La caza de una ballena azul en Islandia reaviva el debate sobre la explotación económica de los cetáceos

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Marta Andreu Rojo / Dalvík

Fotografía: Whit Welles

Des del pasado 7 de julio Islandia está en el punto de mira internacional por la muerte de lo que parece ser una ballena azul (quizás un extraño híbrido de ballena fin azul), una especie en peligro de extinción, conocida por ser el animal más grande de la Tierra y del cual quedan entre 10.000 y 25.000 ejemplares vivos. La organización ecologista SeaShepherd denunció a Hvalur HF, una de las compañías balleneras más importantes del país por matar un ejemplar que ha estado protegido durante más de 40 años por la Comisión Ballenera Internacional (CBI).

A pesar de tener fama de ser uno de los países más limpios y respetuosos con el medio ambiente, Islandia tiene un importante historial de polémicas medioambientales, una de ellas sobre la caza de ballenas. Juntamente con Japón y Noruega, los tres países se opusieron a la moratoria que el CBI aprobó en 1986 para acabar con la caza comercial de estos cetáceos. A pesar de la regulación, Japón e Islandia cubrieron sus propósitos comerciales bajo su derecho a la cacería con fines científicos, que sí es legal.

Actualmente, los islandeses consumen menos del 2% de carne de ballena, mientras que el resto es exportado a Japón, su principal mercado. Durante los últimos años, el crecimiento de la industria de avistamiento de ballenas ha tenido un efecto negativo en el sector de la caza, puesto que el debate se ha reavivado entre los islandeses y también los visitantes.

La caza de ballenas en Islandia está dividida entre dos grandes productores. Por un lado, la compañía Hvalur HF, dirigida por Kristján Loftsson, uno de los hombres más ricos y polémicos de Islandia, que caza ballenas fin, actualmente en peligro de extinción y que mayormente exporta a Japón. Por el otro lado, The Icelandic Minke Whalers Association, dirigida por Gunnar Bergmann Jonsson, solamente se centra en ballenas minke, para consumo nacional.

A pesar de que las ballenas fin aparecen en la lista roja de especies amenazadas de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), el gobierno islandés cree que la decisión se tomó utilizando una perspectiva global y que no se tuvo en cuenta que esta especie tiene poblaciones separadas en cada una de las principales áreas oceánicas, aludiendo a las evaluaciones de la CBI que, según fuentes gubernamentales, demuestran que la población del Atlántico norte central y en el oeste de Groenlandia se encuentra en un estado saludable.

Una tradición poco tradicional

El gobierno islandés considera la caza y el uso de los recursos de la ballena como parte de la tradición y la historia del país. Más de la mitad de la carne de la especie Minke es vendida a restaurantes del país, y mayormente consumida por turistas. No obstante, no todo el mundo reconoce esta industria como parte de la tradición de Islandia. Según Sigursteinn Másson, la representante de International Fund for Animal Welfare in Iceland (IFAW), las ballenas Minke están siendo literalmente sacrificadas para alimentar a los turistas y esta caza terminaría si no fuera por esa curiosidad primitiva”. Defiende que la caza comercial de ballenas no es ni una tradición ni un plato típico islandés, ya que, curiosamente, fueron los vascos quienes empezaron este comercio en 1613.

A pesar de las presiones que recibe la industria para ser erradicada, los cazadores no creen que estén obrando en contra de la sostenibilidad. En declaraciones a la prensa, Loftsson explica que ellos son una gran nación pesquera, una nación del océano, que respeta el equilibrio en el mar. “¿Por qué querríamos cazar tanto hasta extinguirlo? Estaríamos acabando con nuestra alma económica”, argumenta.

Al igual que Japón, ambas naciones se sienten con derecho a la caza comercial de ballenas, manteniendo capturas limitadas, basadas en la retórica de la sostenibilidad. Las empresas de caza de ballenas se escudan en que no hay suficientes pruebas que sugieran que esta práctica es insostenible, según el Journal of Sustanaible Tourism. Además, se amparan en la necesidad de preservar las poblaciones de peces de las ballenas, su gran depredador. Por su parte Dan Knaub, defensor de cetáceos durante más de 30 años, niega este argumento. “En la década de los 60’ había un millón más de grandes ballenas y esas poblaciones de peces no sufrieron ningún riesgo de disminución”, sostiene.

Los sectores conservacionistas y la industria del turismo alegan que la caza y el avistamiento de ballenas son actividades que no pueden coexistir. El turismo conforma a día de hoy la industria más importante del país y, según IFAW, la importancia económica del avistamiento es casi tan alta como la contribución de la caza durante su mayor auge entre 1985-1989.

El negocio del avistamiento de ballenas

El avistamiento de cetáceos tiene un peso significativo en el sector del turismo y en las economías locales. Esta industria surgió en EEUU durante la década de los 50’, aunque su mayor crecimiento no llegó hasta finales de los 90’. La popularidad y los beneficios económicos de la observación de ballenas se hicieron patentes con un estudio de la International Fund for Animal Welfare en 2009 dónde se estimó que un total de 13 millones de turistas hicieron tours para ver ballenas, delfines y cetáceos en su hábitat natural, como parte de una industria que generó 2.100 millones de dólares de dólares, que en 2008 empleaba a 13.000 personas en 119 países.

La primera compañía de avistamiento de ballenas en Islandia fue fundada en 1991, convirtiéndose así en una de las industrias con mayor crecimiento del país desde 2012, con un desarrollo anual de entre el 15-34%. En 2016, 250.000 personas participaron en expediciones de avistamiento de ballenas, casi el 99% des los cuales extranjeros. Entre el 20-25 % de los turistas que viajaron a Islandia realizaron este tipo de tours. A lo largo de las costas del Islandia se pueden observar más de 20 especies de cetáceos diferentes, destacando las ballenas jorobadas, las minke, las fin, orcas y delfines. Se considera que Húsavik, un pequeño pueblo costero del norte, es el mejor enclave de Europa para observar a estas especies.

A pesar de la diferencia entre ambas actividades, la caza y el avistamiento comparten el mismo producto de negocio, hecho que corona una clásica disputa entre pescadores de ballenas y ecologistas y conservacionistas. Las autoridades de países balleneros suelen defender que ambos sectores pueden coexistir sin problema, aunque estudios como el de E.C.M Parsons explican que “muchos grupos ambientales y de bienestar animal han promovido el avistamiento de ballenas como una actividad turística, como una alternativa […]  a la caza comercial de ballenas”, indicando que, la caza de ballenas puede estorbar el desarrollo del avistamiento de cetáceos, reducir sus ingresos y hasta repercutir en el turismo del país “debido a los boicots éticos de los lugares de caza de ballenas por parte de los turistas”.

¿Es el avistamiento también perjudicial para las ballenas?

La Asociación Islandesa de Avistamiento de Ballenas (IceWhale), una organización sin ánimo de lucro formada por compañías islandesas, muestra claramente una imagen en contra de la caza comercial y el consumo de ballena en Islandia con el proyecto Meet Us, Don’t eat us (encuéntranos, no nos comas).

Muchas de las compañías apuestan por un turismo sostenible, ecológico y abiertamente contrario a la caza de ballenas, fomentando la educación y la sensibilización de los turistas que participan en los tours. Sin embargo, la falta de una regulación más detallada también está causando cambios negativos para los cetáceos y su comportamiento. En 2004, se hizo una revisión de las pautas internacionales de avistamiento de ballenas y averiguaron que un tercio de las normas eran obligatorias, siendo el resto meramente voluntarias. De esta forma, por ejemplo, los límites de aproximación a los cetáceos están delimitados, pero otras actividades invasivas como la alimentación no constan en ellas.

Hay estudios que demuestran el impacto que las compañías están causando en el cambio de comportamiento de las especies. La organización Whale and Dolphin Conservation resume algunos de las evidencias biológicas y sociales más importantes: migraciones masivas de ballenas y delfines de las áreas de avistamiento, impactos en la reproducción y cambios en el descanso, la alimentación y la socialización en especies determinadas. Sara M. Martin explica en su tesis que “ha habido mucho debate entre la comunidad científica sobre si estos cambios de comportamiento a corto plazo a nivel individual […] pueden conducir a algún impacto a largo plazo en el conjunto de la población”.

Además, el tráfico o la rapidez con que circulan las embarcaciones que utilizan este tipo de actividades puede llegar a tener unos efectos más directos en los cetáceos, hiriéndolos o causando su muerte.

El crecimiento y los beneficios derivados del avistamiento de ballenas son evidentes, ya sea en el ámbito económico o como alternativa a la caza. No obstante, parece que la constante invasión de su hábitat tiene como resultado cambios de comportamiento con efectos negativos en la salud de estos cetáceos. Es por eso que desde diferentes sectores se piden unas regulaciones más precisas que no se centren solo en los beneficios de los que observan, sino que también pongan el foco en respeto a las observadas y su hábitat.

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