Islandia y la Guerra Civil Española (I): bacalao y dependencia económica

Aitor Yraola

En el terreno económico, la repercusión de la Guerra Civil tuvo consecuencias muy graves para la economía islandesa. Durante el primer cuarto de siglo, época en la que a pesar del distanciamiento geográfico y diplomático España había recibido puntual información sobre los asuntos internos islandeses, y hasta la firma del primer tratado de comercio entre ambos países en 1923, las relaciones comerciales hispano-islandesas se caracterizaron por el auge de las exportaciones islandesas de bacalao a España, cuyo mercado se convirtió en el más importante para Islandia (téngase en cuenta que las exportaciones brutas de bacalao a España en 1929 se remontaron a aproximadamente 40.000 toneladas, comparadas a las aproximadamente 10.000 toneladas en 1911 o las 5.000 toneladas en 1936. Pero a principios de la década de los 30, la existencia de una balanza comercial permanentemente deficitaria para España, obligó paulatinamente a las autoridades económicas españolas a proteger su comercio con medidas arancelarias destinadas a enderezar el déficit comercial español que originaron la abolición de la Ley Seca en Islandia en 1922, y la subsiguiente entrada en el mercado islandés de vinos españoles. A partir del primer tratado bilateral de 1923, Islandia comprendió los peligros que entrañaba su dependencia económica de un único mercado bacaladero, el español, e inició una etapa de búsqueda de nuevos mercados que no dio frutos, España siguió siendo el principal mercado exportador para Islandia hasta el estallido de la guerra.

Fábrica de bacalao en Islandia en la segunda década del siglo XX

A principios de la década de los 30′ las relaciones hispano-islandesas adquirieron un nuevo rumbo.  Factores económicos internos en Islandia de sobreproducción, en un contexto mundial de caída general de precios como consecuencia de la crisis de 1929, obligaron entre otras razones a la fusión en agosto de 1932 de las principales compañías islandesas exportadoras de bacalao en una agrupación empresarial (la Unión de Productores de Pescado, SÍF) que consiguió unificar los intereses exportadores bacaladeros islandeses bajo una dirección empresarial compartida, sin que el Gobierno, que había esgrimido tal posibilidad extrema, llegase a establecer un monopolio bacaladero estatal. A pesar de que la fundación de tal agrupación implicó un paso adelante en la defensa de los intereses islandeses en España, las medidas económicas cada vez más restrictivas por parte de España, así como la vigilancia de tan importante mercado como el español, originaron el nombramiento de un agente de negocios islandés con residencia en Barcelona, Helgi P. Briem, un valiente y emprendedor diplomático quien jugó un papel verdaderamente clave en la promoción de las exportaciones islandesas en España. Sus informes de mercado, sus despachos oficiales dirigidos al Gobierno islandés, así como sus viajes a ambos bandos (por ejemplo, a principios de 1938 regresó a aquella Barcelona de la que había salido de forma rocambolesca en julio de 1936, para entrevistarse “entre las vibraciones causadas por un bombardeo” con el subsecretario de Comercio republicano tratando de salvar los restos de las exportaciones islandesas), permiten concluir sin duda que el mercado español era el más importante para Islandia durante el período anterior a la Guerra Civil. A partir de 1933 aparecieron los primeros visos de recrudecimiento de las medidas proteccionistas españolas que concluyeron, tras prolongadas negociaciones, en 1934 con la firma de un tratado de comercio basado en contingentes, el cual, además de restringir enormemente las exportaciones de bacalao, obligaba a Islandia a que incrementase sus compras en España. A pesar de que Islandia ya había aumentado las importaciones de productos españoles de medio millón de pesetas/oro durante el primer semestre de 1934 a 2,65 millones durante el primer semestre de 1935, la postura española fue tajante: la perentoria necesidad de divisas de España se concretó en la exigencia draconiana de que a cambio de poder exportar a España la misma cantidad de bacalao que en 1933 “Islandia se comprometiese a importar de España un tercio de sus exportaciones”. Mientras que las exportaciones islandesas de bacalao a España habían supuesto en 1933 cerca de 35.000 toneladas, al año siguiente ya habían descendido a cerca de 20.000 toneladas. La lucha por la fijación de contingentes de bacalao favorables a Islandia ocupó todas las energías de la diplomacia islandesa hasta la guerra. Ni las quejas del embajador islandés Sveinn Björnsson “acerca de la lentitud de los españoles”, ni los sobornos para obtener licencias de importación durante 1934-35 que tan celosamente ocultó el gobierno islandés pudieron evitar el acusado declive de las vitales exportaciones bacaladeras islandesas. En 1935 éstas ya habían tenido un descenso del 45% respecto a las del año anterior que había sido el peor año para Islandia desde los años 20′.

Bacaladería en Barcelona, 1936

El primer semestre de 1936 se caracterizó por una progresiva radicalización de la postura española de conceder tan sólo licencias de importación a aquellos países con los que hubiera mantenido una balanza comercial satisfactoria. A tres meses del colapso del mercado español para Islandia, España sumida en una situación social prerevolucionaria, solo podía adquirir artículos mediante trueque, exigiendo además parte del valor en divisas y subiendo al tiempo los aranceles de productos alimenticios un 20% para recaudar divisas. El estallido de la guerra significó el remate del declive de las exportaciones de bacalao que descendieron a cerca de 5.000 toneladas en 1936, es decir, como a principios de siglo. Durante la guerra se hicieron desesperados esfuerzos por parte de Islandia para exportar bacalao que dieron como resultado una exportación de cerca de 7.000 toneladas al Gobierno de Barcelona, aunque la economía española de guerra (en ambos bandos), “una herida abierta” como la calificó el presidente de Productores de Pescado Kristján Einarsson en 1938, sumida en toda clase de carencias para establecer clearing con Islandia, no pudo importar más que productos imprescindibles entre los que el bacalao era secundario. De este modo los países exportadores de bacalao como Islandia atravesaron por la fase más dura de su historia económica. El restablecimiento de las relaciones bilaterales con el gobierno de Burgos durante 1938-39, realizadas en unas condiciones económicas de penuria (cuentas islandesas bloqueadas en España, falta de divisas, importaciones de productos alimenticios concentradas en cereales o alubias), ocasionaron el cierre del mercado español que los islandeses habían mantenido hasta 1934. No sería hasta 1950 cuando los islandeses volverían a restablecer sus relaciones comerciales con España pero en las mismas condiciones de trueque que en 1934, comercio que no se liberaría hasta 1960. Durante la inmediata posguerra, factores como la pérdida del hábito de consumo del bacalao entre los españoles, el aislamiento internacional del régimen de Franco y el desarrollo de una flota pesquera propia, cerraron definitivamente un mercado que había sido vital para Islandia durante buena parte del siglo XX.

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