El coronavirus y los viajeros de España a Islandia: residentes, en cuarentena; turistas, libertad total

eric-lluent

 

 

 

Èric Lluent / Reykjavík

Fotografía: Tony Hisgett

La situación en la frontera de Islandia actualmente es bastante contradictoria, debido a las medidas que el gobierno de Islandia ha tomado en los últimos días. Expliquemos la situación mediante un ejemplo. A primeras horas de la tarde de hoy, 16 de marzo, llega al aeropuerto internacional de Keflavík el vuelo D86490 de Norwegian con origen en Tenerife. Los pasajeros de ese vuelo, todos procedentes de una región de alto riesgo como España, serán divididos en dos clases: los residentes (sean islandeses o no) y los turistas. Según las indicaciones del gobierno islandés, un residente procedente de España debe pasar una cuarentena de catorce días. Pero, en cambio, los turistas pueden entrar sin problemas.

La diferencia en el criterio se justifica por el hecho de que los turistas no suelen tener contacto con grupos de riesgo, algo que rompe con la lógica de las medidas que se están tomando en otros países, ya que el riesgo no es la propia infección de una persona que no forma parte de un grupo de riesgo, sino su capacidad para propagar el virus. Además, si bien es cierto que los viajeros normalmente interactúan con personas jóvenes que trabajan en el sector de servicios (la mayoría extranjeros residentes en la isla), también lo es que muchos conductores de autobús trabajan con edades avanzadas y esta exposición a gente de países de alto riesgo puede suponer un peligro innecesario para ellos.

Esta realidad ha generado una fuerte polémica en Islandia, puesto que las medidas parecen priorizar los intereses del sector turístico, central para la economía del país, al interés sanitario. Es evidente que el cierre de fronteras tendría unas consecuencias terribles para la economía isleña y para miles de trabajadores que se irían al paro. No obstante, en el contexto internacional actual, quizás lo más sensato sería que los países europeos se coordinasen para tomar acciones conjuntas con el fin de minimizar los daños, garantizar el funcionamiento del sistema sanitario y reducir al máximo las muertes por coronavirus. En el grado de pandemia en el que nos encontramos ahora, los pasos en falso se pueden pagar muy caros a medio y largo plazo.

Y lo escribe uno que, hace tan solo unos días, pensaba que la vida debía continuar con normalidad con la esperanza de que las autoridades sanitarias pudieran evitar la expansión del virus fuera de Italia. Pero a día de hoy, la realidad de las cifras es otra. Cuanto antes actúen los gobiernos, con la máxima contundencia y celeridad, más rápido podremos mirar al futuro con optimismo y recuperar una economía familiar y nacional que va a sufrir muchísimo en los próximos meses. En Islandia, mantener el sector turístico bajo mínimos y agonizando, como a día de hoy, mientras nos exponemos a un riesgo sanitario elevado, no parece lógico. Vivimos unos días históricos, un tiempo extraño, con problemas para los que no hay recetas infalibles. Pero si algo deberíamos haber aprendido de la crisis de 2008 es que los intereses de las grandes empresas no tienen nada que ver con el interés general. En Islandia y en el caso que nos ocupa hoy, esto empieza a ser más que evidente.

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