[Editorial] Un turismo estable y sostenible para Islandia

Uno de los temas que más de cerca hemos seguido desde El Faro de Reykjavík en los últimos meses es la evolución del sector turístico en Islandia. Hay quien puede tener la sensación de que tan sólo nos dedicamos a criticar, algo que, por cierto, también se lo decían a los pocos que hablaban de los riesgos del boom del sector financiero antes de 2008. Es cierto que no sólo debemos exponer los alarmantes datos del sector, sino que debemos ofrecer una alternativa. Hay una tendencia en Islandia, y en tantos otros países, que se basa en posicionarse a favor o en contra del turismo.

El turismo, por sí solo, no es bueno ni malo. ¿Es buena la agua? Cuando se tiene sed, sí. Cuando se vive bajo una presa mal diseñada, no. ¿Es bueno el turismo? Exactamente lo mismo. Debido a nuestra cobertura informativa, los lectores pueden entender que nuestro posicionamiento ante esta cuestión está poco definido. Al fin y al cabo, se nos puede acusar de que si el turismo sube, publicaremos un artículo criticando la masificación de la isla y, si el turismo baja, vamos a escribir un artículo en el que demostraremos que se veía venir. ¿Qué queremos, pues? ¿Cuál entendemos que debería ser el modelo turístico para Islandia?

No hay respuesta más sencilla para esta preguntas que la siguiente: no queremos que lo que hicieron con el sector financiero durante el periodo 2003 – 2008 lo hagan ahora con el sector turístico. ¿Han visto los datos de llegada anual de turistas? De 2011-2015 el crecimiento fue de un 100%. El año pasado respecto a 2015, un 40%. Este año se prevé un 30%. ¿Alguien en su sano juicio cree que esto es sostenible a medio o largo plazo? Es más, ¿Es realmente posible? Para crecer tanto, hará falta más mano de obra extranjera. ¿Dónde vamos a vivir, si no hay pisos de alquiler? ¿En tiendas de campaña, como ya lo hicieron durante semanas el pasado curso algunos estudiantes de la universidad? ¿Qué planificación hay detrás de todo este crecimiento exponencial? Ninguna. Aquí, se improvisa y el único objetivo es cuánto más beneficio a corto plazo, mejor. Mejor para los propietarios de empresas o, incluso, para los pequeños propietarios de vivienda.

El auge de la economía actual deja claro que el problema no es tan sólo de los propietarios millonarios que explotan las grandes empresas. Las tesis neoliberales han arraigado tan fuerte en nuestras sociedades que ya a nadie le parece anormal que alguien pueda hacer un negocio con el que se impide el acceso a una vivienda digna a parte de la población, a pesar de tratarse de un derecho fundamental. Un sector de particulares en Islandia están aprovechando el momento para enriquecerse a costa de sus conciudadanos no propietarios que ven como conseguir un alquiler es una simple quimera.

Las decisiones individuales también pueden ser decisiones políticas, que afectan lo común. Acostumbrados al individualismo más extremo, se entiende cualquier crítica al uso y explotación de la propiedad privada como un ataque a la libertad. Pero no es así. La explotación económica de la vivienda para el sector turístico corroe el bienestar de nuestras sociedades y nos debilita como comunidad. Las desigualdades crecen y los sectores más desfavorecidos ven como su libertad y sus derechos teóricos (expresados en la legislación) quedan reducidos a la práctica: dificultades para hacer frente a necesidades básicas, como la vivienda, la comida, el transporte, la energía, la educación y la sanidad.

¿Queremos una sociedad en la que a la gente no le importe nada más que la cuenta corriente en su banco? Si ese es el objetivo, Islandia lo está haciendo muy bien. Pero el frenazo va ser de nuevo histórico. Y en caso que no haya frenazo (algo improbable, pero posible), en caso de que el turismo en Islandia crezca año tras año un 20% o un 30% durante una o dos décadas, la situación en el aspecto medioambiental y la economía familiar de la mayoría residentes va a ser insostenible. El caso de Venecia, por número de habitantes de su centro histórico similar al de los barrios céntricos de Reykjavík, debería tomarse como referencia para entender que el crecimiento turístico ad infinitum no es nada deseable.

De nuevo, estamos en la tesitura de 2006, el año en el que la crisis financiera podía empezar a intuirse. Si intentamos frenar, es malo. Si seguimos creciendo, también. Pero, ¿qué es lo menos malo? Evidentemente, una desaceleración inminente. Esa sería la única solución para evitar malos mayores. Estamos a tiempo, pero hay que hacerlo ya.

¿Por qué la economía actual se obsesiona constantemente en el crecimiento como criterio principal? ¿Qué necesidad hay de crecer tanto? Un 30%, un 40%, un 50%. ¿Por qué a nadie con poder de decisión se le ocurre que sería mejor para la economía nacional y, a la larga, para la de las empresas, impulsar un sector turístico estable, con el objetivo de, por ejemplo, mantener y gestionar dos millones de visitantes anuales durante las próximas tres décadas? Esto facilitaría la planificación del sector, supondría un ingreso permanente importantísimo para la economía nacional y aseguraría oportunidades de trabajo para los extranjeros que no hablen aún islandés y para los más jóvenes.

El turismo puede ser una muy buena noticia para Islandia. Si se gestiona desde las instituciones públicas con responsabilidad. Islandia era hasta hace muy poco una tierra inhóspita y casi virgen (hay que recordar, no obstante, que antes de la llegada de turistas existían conflictos medioambientales mucho más graves, como la producción de energía hidroeléctrica para las fundidoras de aluminio). La falta de control, de servicios e de infraestructuras básicas pone en riesgo el bien más preciado de este país, su naturaleza.

Por muy sensibilizados que estén los turistas que vienen a la isla (y muchísimos de ellos, la gran mayoría, lo están), la masa de visitantes siempre va dejar huella. El gobierno no puede desentenderse y debe gestionar esta huella, este impacto, para reducirlo y controlarlo. El turismo es una oportunidad pero también es un peligro para Islandia. Los riesgos para el entorno son evidentes y desde hace años se están sufriendo las consecuencias sin que haya habido una reacción contundente por parte de las autoridades.

Resumiendo. Deseamos un turismo estable, que aporte estabilidad a la economía del estado y a la economía de las familias. Y queremos un turismo sostenible, en el que las autoridades se impliquen decisivamente para frenar el impacto del incremento de visitantes experimentado en los últimos años. Lo que planteamos no es ni mucho menos imposible. Pero es exactamente lo contrario de lo que tanto gobierno como buena parte del sector empresarial están planteando: un turismo que, hasta la fecha, es fuente de inestabilidad y, a medio plazo, insostenible.

Fotografía: Sharonang / Pixbay.com

Síguenos en Facebook y/o en Twitter.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s